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Palabras Errantes Latin American Literature in Translation

Palabras Errantes
2. What Love Does Unto Poets

By Ezequiel Zaidenwerg. Translated by Robin Myers.

 

2. What Love Does Unto Poets[1]

 

isn’t tragic: it’s atrocious. A shameful

ruin strikes the poets seized by love,

which is indifferent to poetic preference or

identity. Love drives them to the absolute catastrophe

of sameness, the gay poets,

the bisexual poets, the pansexual poets,

the feminist or femi-not poets and poetresses,

the ones obsessed with gender

and the degenerates in equal measure, the polymorphously perverse:

even the ones who have a fetish for

the metric feet surrender at the soles of love,

which doesn’t care for ideology,

poetics, or curriculum. It sends the bards

of the ivory tower plunging directly

to the ground floor. It permits the apostles

of the Zeitgeist, who shamelessly proclaim that lyric poetry

is dead, to insist on the error

and on their own interminable sermons. It triggers palatal hemorrhage

in those who bend oblique, laconic maxims,

in the tin-can hermetics, in those who vacuum-pack

their verses, in falsifiers of silence,

in those who forge Spanish haiku

in the Italian mode. It chokes the sweet laments

of the purists of voice, and snaps the phalanxes

of those fanatical with rhythm, and shatters

the private metronome they carry near the heart

to set the pace of their lines. It adjusts the sensorium

of the clairvoyants and the damned and all the other

rebels and insurrectionaries with no poetic

cause or purpose, and cures them of the reasoned disarray

of all their senses. It drives from their dark night

those begging light for the poem

in the caverns of meaning and returns them directly

to the late show of the literal flesh. What love

does unto poets, with patience, with tenderness,

while butterflies languidly ulcerate their stomachs

and, little by little, the pancreas ceases to function,

is highly inconvenient. For those who seek, with a surgeon’s exactitude

and diligence, the perfect word, it wrecks

their pulse; instead of giving life, they crush it in their zeal.

And for those who, with ardor and devotion, pursue

an absolute within the poem, as if a grail

made out of light, translucent, terse, and feverish,

it clouds their certainties, and then the very desire

to quench their anxiety. What love

does unto poets, inadvertently,

while they sew and they sing and choke on quails, is sudden, terminal

and devastating. It is a crushing tide

of prose, which urges on and multiplies, in exponential increase,

the boors and the blockheads of poetry:

the ones who needlessly shorten their tiny lines,

those who compulsively enjamb them;

the typographical designers of verse,

and those who fracture syntax without knowing how

to twist it; the ones who rummage in the ether, searching out unprecedented and

inaudible neologisms; the modernists without pretext; the ones who think the wheel

is reinvented within each stammering line;

the porno-poets and the damn-the-man poets;

the poets who drop names throughout

the forests of their poems, as Hansel and Gretel flung

breadcrusts; the ones who shape their empty voices to imitate

the gestures of lobotomized children;

the lovely, happy, fickle poets;

the urban tribes, the groupies of pubescent poems;

the popstar and the rockstar poets; videopoets and performers;

the UFO-poets, both flying and crawling, though well-identified;

objectivists sans object

and sans vista; those poets who insist that poems

should dress in rags, like beggars; the philosopher poets;

and the convinced practitioners

of “poetic prose.” For love,

which moves the sun and all the other poets,

it brings them to the final paroxysm: it turns them

to earth, to smoke, to shadow and to dust, et cetera:

to dust in love.

And it if it comes to be that still, among themselves,

the paired poets adoringly adore each other,

happy in their solar unscanned love,

as if they truly were for one another

a great black hole of nebulous opinions,

tacit pats on the back and comments made in passing,

like dwarves, cooling down, they are each absorbed into the other

and disappear.

 

Fotografía por Valentina Siniego. 

 

2. Lo que el amor les hace a los poetas

 

Escrito por Ezequiel Zaidenwerg.

 

Lo que el amor les hace a los poetas

 

no es trágico: es atroz. Les sobreviene

una luctuosa ruina a los poetas que el amor captura,

sin importar su orientación o identidad

poética. El amor lleva al total desastre

de la uniformidad a los poetas gay,

a los poetas pansexuales y bisiestos,

y a las poetas y poetrices feministas, fementidas o veraces;

a los obsesionados con el género

y a los degenerados por igual, y a los perversos polimorfos:

y hasta los fetichistas de los pies

del verso capitulan a las plantas del amor,

que no distingue ideología,

programa ni poética. A los vates de la torre de marfil

los precipita del penthouse ebúrneo

directo a planta baja. A los apóstoles

del Zeitgeist, que proclaman sin empacho que la lírica está muerta,

les permite insistir en el error

y en sus prolijas parrafadas. Les produce una hemorragia palatal

a los que comban parcos aforismos diagonales,

a los herméticos de lata, a los que envasan

sus versos al vacío, a los falsarios del silencio,

y a los que fraguan haikus castellanos

al itálico modo. A los puristas de la voz les corta en seco

su dulce lamentar, y a los maniáticos del ritmo

les quiebra las falanges, y estropea

el íntimo metrónomo que llevan junto al corazón

para marcar el paso de sus versos. Les compone el sensorio

a los videntes y malditos y demás

rebeldes e insurrectos sin razón ni causa

poética, y les cura el desarreglo razonado

de todos los sentidos. Desaloja de su noche oscura

a los que piden luz para el poema

en las cavernas del sentido, y los devuelve sin escalas

a la trasnoche de la carne literal. Lo que el amor

les hace a los poetas, con paciencia y mansedumbre,

mientras las mariposas lentamente les ulceran el estómago

y el páncreas poco a poco deja de funcionar,

es harto inconveniente. A los que buscan con ahínco

y precisión de cirujano la palabra justa, les arruina

el pulso, y en lugar de dar la vida, la aniquilan en su afán.

Y a los que con ardor y devoción persiguen

un absoluto en el poema, como un grial

todo de luz, tirante, diáfana y febril,

les nubla las certezas, y el deseo mismo

de saciar su ansiedad. Lo que el amor

les hace a los poetas, inadvertidamente,

mientras cosen y cantan y se atoran de perdices, es agudo, terminal

y fulminante. Es un torrente arrollador

de prosa, que espolea y multiplica, en progresión exponencial,

a los zopencos y palurdos de la poesía:

a los que cortan sin razón sus versos diminutos;

a los jinetes compulsivos;

a los diseñadores tipográficos del verso;

a los que quiebran la sintaxis sin saber

torcerla; a los que escarban en el éter a la busca de inauditos

neologismos inaudibles;

a los modernos sin pretexto; a los que creen descubrir

la pólvora en sus versos balbucientes;

a los contestatarios automáticos y a los porno-poetas;

a los que sueltan grandes nombres por la densa

fronda de sus poemas, como Hansel y Gretel esparcían

migas; a los que impostan en su voz

vacante los mohines de una infancia lobotomizada;

a los poetas bellos y felices, caprichosos;

a las tribus urbanas y los groupies de la poesía pubescente;

a los poetas pop y los rockstars del verso;

a los videopoetas y performers;

a los ovni-poetas, voladores o rastreros, identificados;

a los objetivistas sin objeto

ni vista; a los que exigen que el poema

se vista de mendigo; a los filósofos poetas;

y a los cultores convencidos

de la “prosa poética”. El amor,

que mueve el sol y a los demás poetas,

los lleva hasta el postrero paroxismo: los convierte

en tierra, en humo, en sombra, en polvo, etcétera:

en polvo enamorado.

Y si resulta todavía que entre ellos

se aman amorosos los poetas pares,

felices en su amor solar sin escansión,

como si fueran en verdad el uno para el otro

un agujero negro de opiniones nebulosas,

tácitas palmaditas en la espalda y comentarios tibios al pasar,

enanos, enfriándose, se absorben entre sí

y desaparecen.


[1] This coda is basically a patchwork of quotes from more or less famous poems and of references to recognizable poetics found in the world of Latin American poetry. Among the authors referenced in the text are Garcilasco de la Vega, Arthur Rimbaud, St. John of the Cross, Vicente Huidobro, José Gorostiza, Dante Alighieri, Francisco de Quevedo, Luis de Góngora, and various others.

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