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Palabras Errantes Latin American Literature in Translation

Palabras Errantes
Ants, X

By Nuria Mendoza. Translated by Sarah Foster.

Ants

I know a man who has ants on his face. They show their little heads in the afternoons, across his cheeks, on his neck. They are black and white. If you don’t pay attention to them, they come out slowly, standing bristling and upright, at attention.

It surprises me that these ants are so martial. And that he always takes them with him, and when he’s distracted they sneak out for air. Because it always happens the same way, they are looking out for him: when he’s busy, when he’s working morning and night and wearing a tie– then– there’s not even a trace of them. Only on holidays, in those infrequent days off, ants invade his face, shadowing it with a kind of delicacy: at first lightly, a faint sketch that you look at wanting to guess what the drawing is, and then they start taking over, tracing out maps, turning him into a man with thorns.

I like him like that, in black and white. But whenever I’m about to tell him so, he goes and shuts himself in the bathroom, whistling while he lathers, and the blade scrapes away the dead foamy bodies of the ants.

Hormigas

Conozco a un hombre que tiene hormigas en la cara. Asoman la cabecita por las tardes, a través de sus mejillas, de su cuello. Son blancas y negras. Si no les haces caso, van saliendo lentamente, un poco erizadas, en actitud de firmes.

Me sorprende tanta marcialidad en unas hormigas. Y también que él las lleve consigo y aprovechen que está en otras cosas para tomar el aire. Porque siempre ocurre igual, están ojo avizor: cuando él anda ocupado, cuando trabaja mañana y tarde y usa corbata, entonces, ni rastro de las hormigas. Solo de vacaciones, en los raros días que toma libres, las hormigas invaden su rostro, sombreándolo con delicadeza: al principio levemente, con un punteado näif que uno mira queriendo adivinar el dibujo, y luego ya invadiendo, trazando mapas, convirtiéndole en un hombre con espinas.

Él me gusta así, en blanco y negro. Pero siempre que estoy a punto de decírselo, se encierra en el baño, se enjabona silbando, y la cuchilla arrastra los cadáveres de las hormigas envueltos en espuma.

X

It never rains here in the summer, so when we woke up on August 15th to a cloudy sky, it seemed like a good sign. That day, the start and finish of a holiday, with heavy traffic, we didn’t leave the house. We just curled up on the couch listening to old songs, waiting for news about accidents, turning the air conditioner on and off, we barely needed it, it was a cool day.

They called that afternoon. Yes, it’s me, I’m off to the hospital right away, the telephone hung up crooked, this time everything’ll turn out fucking great, Carmela, a long hug, I can’t believe it, finally-finally-finally, don’t forget your slippers.

Now we’re in November– the month of the dead– and it hasn’t rained since. The transplant was a success, the donor was compatible. Gratitude and twenty-four pills a day tie us to a random man whose motorcycle skid in the rain.

Some nights, when I’m already in bed, I ask the cruel God who I’ve made in my own image if he was right to change my mourning for another’s. I talk straight to him, but he doesn´t answer. I need to get rid of the guilt, to tear it out of me with my hands, like a bloody organ that could be useful to someone. I touch Samuel, he isn’t asleep either, he drills the darkness with his open eyes. I caress his belly, right there where the hair thins and the scar begins to mark his new liver, the X at the end of the treasure map. I lower my hand further, toward his limp cock, and I touch him slowly. He keeps his eyes fixed on the ceiling, attentive to the light with crystal tears. My hand gets tired, but I only stop when I feel something viscous, a thread of fever, trickling down my forearm.

Una cruz

Aquí nunca llueve en verano, así que cuando amaneció nublado el quince de agosto, nos pareció buena señal. Aquel día de inicio y fin de vacaciones, con tráfico intenso, no salimos de casa. Estuvimos escuchando canciones antiguas acurrucados en el sofá, atentos a las noticias sobre accidentes, encendiendo y apagando el aire acondicionado que apenas hacía falta, porque el día estaba fresco.

Llamaron esa tarde. Sí, soy yo, ahora mismo voy al hospital, el teléfono mal colgado, esta vez todo va a salir de puta madre, Carmela, un abrazo larguísimo, no puedo creer que, por fin-por fin-por fin, no te olvides las zapatillas.

Ya estamos en noviembre —el mes de los muertos— y no ha vuelto a llover. El trasplante fue un éxito, el donante era compatible. La gratitud y veinticuatro pastillas al día nos anudan a un desconocido cuya moto derrapó por la lluvia.

Algunas noches, ya en la cama, le pregunto al dios ruin que he fabricado a mi medida si hizo bien en cambiar mi luto por el de otra familia. Le hablo de tú a tú, pero no me responde. Necesito sacarme la culpa, arrancármela con los dedos como si fuera una víscera y pudiera ser útil a alguien. Toco a Samuel, que tampoco duerme, que taladra la oscuridad con los ojos abiertos. Le acaricio la tripa ahí donde el vello ralea y comienza la cicatriz que señala su hígado nuevo, igual que una cruz en el mapa del tesoro. Bajo un poco más, hacia su polla flácida, y lo masturbo despacio. Él sigue escrutando el techo, atento a la lámpara con lágrimas de cristal. Se me cansa la mano pero solo me detengo cuando noto algo viscoso, un hilo de fiebre, resbalando por mi antebrazo.

 

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