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Palabras Errantes Latin American Literature in Translation

Boxed Past

By Nuria Mendoza. Translated by Sarah Foster.

They say there was a beating of dirty grey wings, a bite suddenly sunk into plasticine flesh, and maybe a cry, or maybe he decided that children don’t cry, like Dad was always telling us.

Someone must have gone to the teacher’s lounge to tell my mom– she would have run across the playground, hair uncombed, blouse half-buttoned, approaching the circle where my brother stood, frozen, a cowboy about to shoot, with his finger stretched out just like it had been before he touched the bat, but now showing a bloody stamp, let’s go home, Mom blowing softly on the open skin and looking into the distance, Dad will take care of you later, just wait and see how nice we can fix it up with some band aids, my brother with Bambi eyes, and the morning ended at eleven o’clock, even though the bell kept ringing to put us in line and send the toddlers back to their classes.

Mom calling my dad from the cream-colored telephone we kept in the kitchen, walking as far as the cord would let her. They talked about vaccines and infections, and my mom blew gently on her fingernails, freshly painted red, as if they were wounded, too: no, I didn’t see it, I was in a meeting, what’s the matter, the important thing right now is our child, leave me alone.

Mom had to go back to school to find the bat’s owner, but no way Ma’am, that critter’s mine. I don’t know how she managed to twist his arm, probably give it to me right now or I’ll call the police, but she came back into the house with a package under her arm and a triumphant smile.

Dad came home earlier than usual, and he brought flowers and some band aids with pictures of Batman on them, I want one too, but you’re not hurt, and we joked around but Dad didn’t feel like laughing. Mom said she wasn’t going to cook and my brother and I said what a lucky day, I want pizza, or hamburgers, we knocked over a vase and they didn’t even get mad, Chicho gets to pick today, Mom forgot to put new water in the roses, in the end it was a four seasons pizza for everyone.

That night we heard it from our bedrooms, through the corridor’s conducting wire, the scratching. I covered my face with the bed sheets and closed my eyes, but in between my eyelashes I could make out a black, skeletal monster, and someone was crying there in the background, like a cowering villain in a superhero comic, it wasn’t my brother, trying to get out of his cardboard prison, scratch, scratch, men don’t cry, with the number thirty eight stamped on their sides.

*

Dicen que hubo un batir de alas gris sucio, y el mordisco de pronto ahondando en la carne de plastilina, tal vez un grito o decidió que los niños no lloran, como siempre nos advertía papá.

Alguien debió de acercarse a la sala de profesores para avisar a mi madre, que cruzaría despeinada el patio de los pequeños, con la blusa azul a medio abrochar, acercándose al corro en cuyo centro mi hermano seguía inmóvil, un cowboy a punto de disparar, con el dedo estirado igual que antes de tocar el murciélago, pero ahora exhibiendo una calcomanía de sangre, ea vámonos a casa, mamá soplando sobre la piel abierta y mirando a lo lejos, papá te cura luego, ya verás qué bien queda con unas tiritas, mi hermano con ojos de bambi, y la mañana terminó a las once, aunque la campana tocaba para restaurar las filas y que los párvulos volvieran a clase.

Mi madre llamando a papá desde el teléfono color crema que teníamos en la cocina, caminando hasta donde el rizo del cable lo permitía. Hablaron de vacunas y contagios, algo que no entendí les daba rabia, y mi madre se soplaba las uñas recién pintadas de rojo como si fueran otra herida: no, yo no lo vi, estaba en una reunión, qué pasa, lo importante ahora es el niño, déjame en paz.

Mamá tuvo que volver al colegio para localizar al dueño del murciélago, pero ni loco, señora, el bicho es mío. No sé qué mañas utilizaría para convencerlo, probablemente o me lo das ahora mismo o llamo a la policía, pero entró en casa con un paquete bajo el brazo y sonrisa triunfal.

Papá llegó más temprano que de costumbre, y traía flores y unas tiritas con dibujos de Batman, yo también quiero, pero si tú no tienes heridas, y bromeamos pero papá sin ganas de reír. Mamá dijo que no cocinaba y mi hermano y yo vaya día de suerte, quiero pizza, mejor hamburguesas, volcamos el jarrón pero no nos riñeron, hoy elige Chicho, mamá se olvidó de reponer el agua a las rosas, y al final una cuatro estaciones para todos.

Esa noche oímos desde nuestros cuartos, a través del hilo conductor del pasillo, los arañazos. Yo me cubrí la cara con las sábanas y cerré los ojos, pero entre las pestañas se me aparecía un monstruo negro y cartilaginoso, y alguien lloraba allá al fondo, como el villano de unos superhéroes que hubieran encogido, no era mi hermano, tratando de zafarse de su prisión de cartón, cric cric, los hombres no lloran, con el número treintayocho estampado en los laterales.

 

 

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