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Palabras Errantes Latin American Literature in Translation

Carlos Arvelaiz 3
Lurking objects

By Gisel Kozak. Translated by Roanne Kantor.

An unholy rebellion has taken over my domestic tribe,

Olga Orozco

He’s a twenty-year-old man, proud of being more feared than loved on the millions of steps climbed by life, on the hill cluttered with shacks, the biggest slum in Latin America, according to some experts. This twenty-year-old man has already impregnated three different girls who fight over him when they cross paths on the steps, in the jeep that transports them up and down the hill, in the corner shop where they buy a bottle of milk when there is any to be had, in the dispensary where a Cuban doctor attends to the three little children. He laughs when they tell him about his little boys and about the rivalry between his three ex-girlfriends, proud and tall next to his new girl. She’s vain because her boyfriend is a big shot, this handsome man who is a roar in the city that can shatter the fragile appearance of things. One day an unholy rebellion takes over his domestic tribe, takes over those women; does he know their secret intentions at this hour? He enters his tidy shack where his single mother, who regrets having mistreated him as a child, waits for him with a hot meal and a new scapular to guard against the evil eye. Mija, serve your brother some food, his mother orders her eldest daughter in a surly voice. Meanwhile she looks at her little son, with his twenty dead and missing, like he’s the greatest thing in the world. Unawares, he savors the glory of never growing impotent, senile, frail, dominated, exploited or old. His sister serves him lunch and he interrogates her about the guys who hit on her. She is silent and pale because they already killed one guy because of her, so she just looks down and shuts up. Suddenly a shot disturbs the monotony of the day, a crowd shouts his nickname, and he shoots up like lightning as he tells them to hit the floor. A sudden, momentary silence indicates that those outside are holding their breath for the unfathomable attack. The door slams open, the law has changed, his mother and sister try to defend him from the fathers, sons, brothers and friends of the dead and of his ex-girlfriends, who skin him with sharp razors, drench him in kerosene, and set him on fire. The next day the neighbours imperceptibly start to forget; three days later the local police are tired of rehashing what had already been repeated a thousand times; six months later the three mothers of his children are going out with other men; by the end of the year his latest girlfriend has someone else; two years later his sister no longer has nightmares of the scene. Only his mother still mourns him, his only real love, the only one who said aloud that he could have made something different of himself; the poor mother of tangos, of boleros, the poor mother of a heroic man, lacking in so much, rich only in testosterone.

 

*

 

Objetos al acecho

 

Escrito por Gisela Kozak.

 

Ha cundido la impía rebelión en mi tribu doméstica,

Olga Orozco

 

Es un hombre de veinte años de edad orgulloso de ser más temido que apreciado a lo largo de las millones de escalinatas por las que la vida camina por un cerro atestado de ranchos, el barrio más grande de América Latina según algunos expertos. Este hombre de veinte años ya embarazó a tres muchachas que se pelean por él cuando se encuentran en las escalinatas, en el jeep que las transporta cerro arriba y cerro abajo, en el abastico donde compran el pote de leche cuando hay, en el dispensario en el que un médico cubano atiende a los tres niñitos. Él ríe cuando le cuentan sobre sus hijos varones y su antiguas novias rivales entre sí, ríe orgulloso y erguido al lado de su mujer nueva vanidosa a causa de su hombre jefe, ese hombre hermoso que es un rugido de la ciudad capaz de poner fin a la frágil apariencia de las cosas. Un día cunde la impía rebelión en su tribu doméstica, cunde la rebelión entre aquellas mujeres; ¿sabrá él de sus intenciones secretas en esta hora? Entra en su rancho bien compuesto donde una madre sin marido, arrepentida de haberlo tratado tan mal cuando era niñito, lo espera con la comida caliente y un nuevo escapulario para cuidarlo de las envidias. Mija, sírvale a su hermano, ordena la madre a la hija mayor con tono desabrido mientras mira a su hijo chiquito, con veinte muertos encima y los que faltan, como a lo más grande que hay en el mundo. Él saborea inconsciente de ello la gloria del que no llegará a ser nunca impotente, güevón, frágil, dominado, explotado, viejo. Su hermana le sirve el almuerzo y él la interroga acerca de los machos que se le acercan, ella está muda y pálida porque ya mataron a uno por ella, así que baja los ojos y calla. Repentinamente un disparo altera la monotonía del día, un gentío grita su apodo y él se levanta como un rayo mientras ordena que se arrojen al suelo. Un silencio repentino, momentáneo, indica que los de afuera contienen el aliento para el ataque indescifrable. La puerta se abre de un golpe, se ha cambiado la ley, su madre y su hermana tratan de defenderlo de los padres, hijos, hermanos, amigos de sus muertos y de algunas exnovias, quienes le quitan la piel con afiladas hojillas, lo bañan de querosén y le prenden fuego. Al día siguiente los vecinos comenzaron imperceptiblemente a olvidar; a los dos días se olvidaron los periódicos y la televisión; a los tres días los policías del barrio se cansaron del tema mil veces repetido; a los seis meses las tres madres de sus hijos andaban con hombres nuevos; al año su última novia estaba en estado de otro; a los dos años su hermana ya no soñaba con la escena. Solo su madre sigue llorando por él, su único verdadero amor, la única que proclama en alta voz que su existencia hubiera podido ser otra cosa; pobre madre de tango, pobre madre de bolero, pobre madre de varón heroico falto de tantas cosas y solo rico en testosterona.

 

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