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Palabras Errantes Latin American Literature in Translation

Palabras Errantes
Lives of the Saints

By Javier Peñalosa . Translated by Annie McDermott.

 

Invisibility was the mark of her house. She shifted her body to leave blank spaces among

the furniture. Sparrows and beggars drank water on the patio.

 

She offered the music of abandoned things, a violin with a broken bow, dry stems, scales

balanced by the dust. There was tension in the  objects of her faith, calendars in the cribs.

In her kitchen, the water always simmered gently.

 

Maria, 84

 

 

They woke up with the slowness of animals. They had touch and breath.

Skin in the mornings.

Her neck was an untidy warren of dark threads.

 

Enrique, 29

 

 

There was anxiety in the rusty steel of the bridges, in its way of hovering above

the passing water. A bridge is not the meeting of two banks.

A threshold is not a door.

 

Immobility is alive in the bark of the trees.

 

In that body there were years, words, movements back and forth. The afternoon of the

death, the father walked among us.

 

Ignacio, 73

 

 

She remembered the names of her parents and the dawn when she rode in a hearse. The

lanterns, the paving under the horses’ hooves.

 

Child of the woman who died so young. Her hands were warm and learnt to recognise the

faces she touched.

 

Outside on the patio, the dogs barked through the night at someone or something she

could not see.

 

Eugenia, 79

 

 

You have to keep silent so the murmur can come. At the edges, behind me, above us.

It is the voice on the radio that sticks between stations, hallelujah. It is the fold in the

curtains, the engines that do not want to start.

It is the knuckles of my son.

You have to close your eyes. When we were children, my sisters and I would sing for the

invisible god of the pews.

 

Carmen, 47

 

 

There was no shade under the branches, no shoots in the dust. All that was not born was

thirsty, and through thick air the females watched the lamb bleat with the strength it no

longer had.

 

The girl left the house, went up to the lamb and made a hollow in her hands so it could

drink.

 

Magdalena, 11

 

 

I see the place where the dock once was, the ashes from the firewood. A chair falls.

 

I see the meekness of machines by night. The animals’ untidy house. I see the crowd

follow its coming death’s call through the streets. And the bones are so soft.

 

I see my mother’s breathing as she sleeps. The darkness in which questions ferment.

 

Pablo, 41

 

 

No-one left pieces of bread along the way. On the road it was daytime but no light

hit the signs. It was another brief history of being beaten, a journey from which you do

not return.

 

Eduardo, 34

 

 

Santoral

 

Escrito por Javier Peñalosa.

 

Lo invisible era el signo de su casa. Desplazaba su cuerpo para dejar espacios en blanco

entre los muebles. Gorriones y pordioseros tomaban agua en el patio.

 

Ella ofrecía la música de los objetos abandonados, un violín con el arco roto,

tallos secos, una balanza equilibrada por el polvo. Hubo tensión en los objetos

de su fe, calendarios en los pesebres. En su cocina el agua siempre hirvió a

fuego lento.

 

María, 84

 

 

Despertaron con la lentitud de los animales. Tenían tacto y respiración.

Piel en las mañanas.

 

Su nuca era una madriguera desordenada de hilos oscuros.

 

Enrique, 29

 

 

Había inquietud en el acero oxidado de los puentes, en su manera de suspenderse sobre

el agua que pasa. Un puente no es la unión de dos orillas, un umbral no es una puerta.

 

La inmovilidad está viva en la corteza de los árboles.

 

En ese cerpo hubo años, palabras, oscilación. La tarde en que murió, su padre caminó

entre nosotros.

 

Ignacio, 73

 

 

Recordaba el nombre de sus padres y la madrugada en que viajó en carreta. Las farolas,

el empedrado bajo los cascos de los caballos.

 

Hija de la que murió muy jovencita. Susa manos fueron tibias y supieron reconocer los

rostros que tocaban.

 

Afuera, en el patio, toda la noche ladraban los perros a alguien o algo que no podía ver.

 

Eugenia, 79

 

 

Hay que permanecer en silencio para que venga el rumor. A los costados, detrás de mí,

encima de nosotros.

 

Es la voz en el radio que se queda entre estación y estación, aleluya. Es el pliegue de las

cortinas, los motores que tardan en encender.

 

Son los nudillos de mi hijo.

 

Hay que cerrar los ojos. De niñas, mis hermanas y yo cantábamos para el dios invisible

de las bancas.

 

Carmen, 47

 

 

No había sombra bajo las ramas, ni brotes en el polvo. Los que no habían nacido tenían

sed y las hembras sofocadas miraban al cordero balar con la fuerza que ya no tenía.

 

La niña salió de la casa, se acercó al cordero e hizo un cuenco en sus manos para que

bebiera.

 

Magdalena, 11

 

 

Veo el lugar en donde estuvo el muelle, las cenizas de la leña. Cae una silla.

 

Veo la mansedumbre de las máquinas por las noches. La casa desordenada de los

animales.

Veo a la multitud siguiendo por la calle el llamado de su muerte futura. Y qué

blandos son los huesos.

 

Veo la respiración de mi madre mientras duerme. La oscuridad en la que fermentan las

preguntas.

 

Pablo, 41

 

 

Nadie dejó pedacitos de pan en el camino. En la carretera era de día pero las señales

estuvieron apagadas. Fue otra breve historia de las derrotas, un viaje del que no se vuelve.

 

Eduardo, 34

 

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