titulo

Palabras Errantes Latin American Literature in Translation

Matos-Albers, Palabras Errantes (1 of 4)
For Sale A-8

By Mario Morenza. Translated by Anna McIvor.

Photography by Cristina Matos-Albers, from the series “Una casa casí vacía”.

español

Apartment for sale. One bathroom, three bedrooms and balcony. 100m2. Two out of three bedrooms have built in wardrobe. Comes with Kenmore refrigerator. We couldn’t get it out when we tried, the kitchen door was impossible. We would have had to demolish half the wall from around the doorframe and it just wasn’t worth it. When we remodelled the apartment five years ago, we forgot that one day we would move, and have to take our belongings with us. So many things have gathered in these hundred square meters. In this cube, this parallelepiped structure divided into cubicles of homely functions. Lately, while Emily has been on call at the hospital, I have been going through each one of them.

Up to my neck in sorting out clothes and ornaments to box up, it occurs to me that we will leave more than just a fridge that chilled our leftovers or tomorrow’s breakfast. I go round A8 like a ghost. In Emily’s absence, her voice, her groans as she leaned against the walls, her woops celebrating a pass by Los Cardenales, her weeping, whining and whimpering are still present in every square meter, stuffed and maturing in lamps, hidden, resting in the pillows we fought over for a thousand nights.

A8 is a musical chamber. I felt Emily’s absence when, in my distress, I remembered lived experiences there that couldn’t be packed up. Recently, Emily told me off during my holidays for not organising anything for our move. It’s hard to put fleeting, invisible yet completely real memories into an imaginary box. My father once told me, in an attempt to explain the philosophy of life and death using domino pieces, that the past didn’t exist, that the way of things went so much further than life itself and death, that the future didn’t exist, so that the past only found its form within the skull, in these fluctuating images, at times rough, at others thick and clayey like a half-crushed brick. And he moved the pieces so that the double one was either nearest or furthest from the double six.

His descriptions left me spellbound. It was as if the dictionary that defines the beginning and end of an existence was written with duplicated points, carved within a parallelepiped containing the wisdom of a hundred thousand Tibetan leaders.

While I was sweeping under the bed I discovered a certain proliferation of dust particles. Such a build up of dust particles that I could smell them. I decided that the solution to packing up memories is to regard each of them as the size of a speck of dust. Like that, they go from one side of the brain to the other, forming groups and connections among themselves. Here I have learning, the harvest of feelings from one person to another, the miracle of thought. Feelings harvested from one person by another. The northern or southern hemispheres, either left, or right. How curious that the human brain is composed in an absolutely partisan way, in two opposed pieces just as the world is usually divided. Emily on the left. Me on the right. Both of us with the best of each neural hemisphere. For example: Emily knows where a light bulb should go. I manage the art of putting in a light bulb. And how to destroy them. First in the world was the word. This divided world, A8, was a word. It was bulbs in every corner. It was the groan when Emily lay vertically against its walls. The column of Emily between the columns of A8 and my chest. It was a word a thousand times over. With a hammer I buried nails in these same walls and hung paintings. I hung portraits.

And now I hold the same hammer in my hand.

In total, I screwed in twenty two bulbs.

In total, Emily found a place for twenty two bulbs.

In total, I will break twenty two bulbs with my hammer. I will break them like egg shells.

And it’s like cracking the skulls of a hundred thousand sages, tearing apart a hundred thousand pillows, crushing the teeth of mouths who dare to say a thousand words all at the same time. The whole house, full of shards of glass. So fleeting and noble and fragile like everything else that is too noble and fleetingly fragile to pack away. They would think we were crazy in customs, in the routine inspections and random searches that are typical at our checkpoints in Caracas. Full of fury. All the lights have gone out in A8. I just packed them. We never had a torch, nor a seventh day. We used to ask for a lend of Pulusa’s. Neighbourly camaraderie. Those were the days, Emily.

Emily, don’t take your shoes off when you come in please. Don’t take them off. I’m in a cubicle that could be our bedroom, or the bathroom. I’m writing you text messages. I hope you have your mobile phone switched on. I don’t want to listen to your groans, your weeping and your whining in this apartment any more. I can’t fit any more in these boxes.

*

se vende

A-8

Escrito por Mario Morenza.

Se vende apartamento. Un baño. Tres cuartos. Balcón. 100 metros cuadrados. Dos de los tres cuartos tienen closet. Incluimos nevera Kenmore. No la pudimos sacar, cuando lo intentamos, la puerta de la cocina era un imposible. Tendríamos que haber derribado media pared desde el marco de la puerta. No valía la pena. Cuando remodelamos el apartamento, hace cinco años, nos olvidamos que algún día nos mudaríamos y tendríamos que llevarnos nuestras pertenencias. Cuántas pertenencias se habrán quedado en esos cien metros cuadrados. En ese cubo, en el paralelepípedo dividido en cubículos de funciones hogareñas. En los últimos tiempos, cuando Emily tiene guardia en el hospital, recorro cada uno de estos cubículos.

Sumido en clasificar ropas y adornos para luego meterlos en cajas, atino en que también dejaremos algo más que una nevera que refrigeró nuestras sobras de la cena o el desayuno del día siguiente. Recorro el A-8 como un fantasma. En ausencia de Emily, su voz, sus gemidos cuando la recostaba contra las paredes, sus gritos celebrando alguna jugada de Los Cardenales, sus llantos, sus lloriqueos y sus llorantinas aún siguen presentes en cada metro cuadrado, embutidos y añejados en lámparas, ocultos, descansando en nuestras almohadas disputadas por mil noches.

El A-8 es una cámara de música. Sentía la ausencia de Emily cuando recordaba, angustiosamente, lo allí vivido que no podíamos embalar. Últimamente, Emily me ha reprochado que, en mis vacaciones, no he organizado nada para nuestra mudanza. Es difícil meter en una caja imaginaria recuerdos inasibles, invisibles y completamente reales. Mi padre me dijo una vez, tratándome de explicar la filosofía de la vida y la muerte utilizando piezas de dominó, que el pasado no existía, que la planificación era algo que iba más allá de la vida misma y de la muerte, que el futuro no existía, que lo pasado sólo encontraba su forma dentro del cráneo, en esas imágenes líquidas, a veces carrasposas, de cuando en cuando gruesas y arcillosas como un ladrillo machacado a medias. Y las piezas las movía del modo que el Uno Uno estuviera lo más alejado o lo más cerca del Seis Seis.

Después de esas explicaciones quedé alelado. Como si el diccionario que define el comienzo y el fin de una existencia estuviera escrito con puntos duplicados y tallados en un paralelepípedo que contenía la sabiduría de cien mil maestros tibetanos.

Mientras barría debajo de la cama, descubrí cierta proliferación de partículas de polvo. Tan acumuladas que podía apreciar su olor. Asumí que una solución para embalar recuerdos, es que estos fueran del tamaño de motas de polvo. Así deben ir de uno a otro lado dentro del cerebro, agrupándose, asociándose. He allí el aprendizaje, la cosecha de sentimientos de una persona a otra, el milagro de los pensamientos. Los sentimientos cosecha- dos de otra persona a uno. Los hemisferios norte o sur, o izquierdo, o derecho. Qué curioso que el cerebro humano se compone de una manera absolutamente partidista, en dos pedazos contrapuestos cómo suele dividirse el mundo. Emily, el izquierdo. Yo, el derecho. Ambos tenemos lo mejor de cada comarca neural. Ejemplo: Emily sabe en qué lugar puede ir un bombillo. Yo manejo a la perfección el arte de poner un bombillo. Y de destruirlos. Lo primero en el mundo fue el verbo. Este mundo dividido, este A-8 fue verbo. Fue bombillos en cada rincón. Fue gemidos cuando acostaba verticalmente a Emily en las pare- des. La columna de Emily entre las columnas del A-8 y mi pecho. Fue verbo mil veces. Con un martillo enterré clavos en esas mismas paredes y colgué cuadros. Colgué retratos.

Y, ahora, en mi mano tengo este mismo martillo. En total, yo atornillé veintidós bombillos. En total, Emily ubicó veintidós bombillos. En total, quebraré veintidós bombillos con mi martillo. Los

quebraré como cáscaras de huevo. Y es como acabar con los cráneos de cien mil sabios, desgarrar cien mil almohadas, desdentar las bocas que se atrevieron a pronunciar mil verbos simultánea- mente. Toda la casa llena de esquirlas. Tan inasibles, tan nobles y frágiles como lo noble e inasiblemente frágil que no podemos embalar. Que nos tomarían por locos en una aduana. En una inspección de rutina y el azar emblemático de nuestras alcabalas caraqueñas. Toda la furia. El A-8 no tiene luz. La acabo de embalar. Nunca tuvimos una linterna ni un séptimo día. Le pedíamos prestada a Pulusa la suya. Hermandad vecinal. Aquellos tiempos, Emily.

Emily, no te quites los zapatos cuando entres por favor. No te los quites. Estoy en un cubículo que puede ser nuestra habitación, o el baño. Te escribo mensajes de texto. Espero tengas encendido tu celular. No quiero escuchar más tus gemidos, tus llantos y lloriqueos en este apartamento. Ya no cabe más nada en las cajas.

english

 

Share Button

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *