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Palabras Errantes Latin American Literature in Translation

Muñoz 0126

By Enrique Winter. Translated by Ellen Jones.

 

 

Like someone carrying a tidal wave, silently

rebuking those unburdened

or those who break their silence

the day I see her again

I’ll see expectations not hope – narrow jaw, broad

shoulders, the flat plain of her breasts, fat hips,

a thermometer not a thermostat.

 

I’ll say ––I don’t want her any more. Do I desire anything now

that we don’t need fire to brighten us?

 

My fingertips will remember how to key in her pores

we’ll do it with a sea view, though we used to do it in the sea

and in the rain, kneeling in the street, outside the peaches, inside

the cable car, mouth down on a pyramid’s table. A series

of postcards dissolved in water, album prints, delivery dockets:

 

the drop of Chinese torture     digs innocent into the

prisoner’s forehead,      a death-cave.      A drop of water.

It’s Muñoz who repeats the sentence     her glass trembling

at the touch of other hands     ––the Chinese torturer’s member

digs innocent into the     prisoner’s pubis,

a death-cave––      a four hour film,

the couple seated, their legs tied      examining the wall.

A pebble guards the lack of clay.

 

Not thirst-quenching, my darling, desire won’t fill the body of

this bottle, or only for a while. An empty, wide-necked

vessel, wrapped in bags or sealed with lids. Sealed with

lids, yes, that collect along with myriad screw tops in the bin.

I remain alone, a non-returnable vessel.

She’ll wait for me if I am la-

tely I’ve been stalling since she came

and I’ll come to realise: by delaying I perpetuate her

as long dresses or years of denial

perpetuate desire.

The sea above and the sky below. A city is burned

or abandoned, ashes coming through the roof.

She stands and the trembling lake is covered with petals: a carpet

where the shore lays its head, our names the only reminder

we used to be them. Desire won’t fill this bottle,

only seal it like a bag or a lid.

 

Bartering away desire (the colour of chewing a cherry,

tasting, crushing, sounds familiar

two one-way tickets)

for the relief of seeing the first light on a dark motorway

(we’ll do it with sea view, though we used to do it in the sea).

 

A light but not a terminus, the buses speed by without me,

terminally pondering how old loves no longer exist,

because loved-ones change.

 

But lovers don’t.

 

 

Muñoz 0126

 

Escrito por Enrique Winter.

 

 

Como quien carga un maremoto y por silenciarlo

mira con desprecio a quien no carga alguno

o no lo silencia,

el día que la vuelva a ver

veré expectativas y no esperanza, la poca mandíbula, anchura

de hombros, planicie de pechos, gordas las caderas,

un termómetro y no el termostato.

 

Diré –ya no le tengo ganas–. ¿Y es que deseo algo ahora

que para iluminarnos no hace falta el fuego?

 

Con la memoria de las yemas digitaré sus poros

podremos hacerlo con vista al mar, pero lo hacíamos en el mar

y con lluvia, rodillas en la calle, afuera los duraznos, adentro

del funicular, boca abajo sobre la mesa de una pirámide. Una serie

de postales disueltas en agua, láminas del álbum, guías de despacho:

 

la gota de tortura china     cava inocente en la cabeza

del condenado     un agujero hacia la muerte.     Una gota de agua.

Muñoz es quien repite la sentencia     mientras tiembla su vaso

al tacto de otras manos     –el miembro de tortura china

cava inocente en este pubis     de condenada

un agujero hacia la muerte–     una película que lleva cuatro horas,

la pareja sentada, las piernas en un lazo     deletrean el muro.

Un guijarro guarda esa falta de greda.

 

No quita la sed mi negra, pues lo deseado no llena el cuerpo

de esta botella y si lo cubre es por mientras. Un envase vacío

de boca ancha, al que lo cargan bolsas o sellan tapas. O sellan

tapas sí, que se acumulan después de tanta rosca en la basura.

Quedo solo de envase no retornable.

Me esperará si llego tar-

desde ella me demoro

y me daré cuenta: con el atraso la perpetúo

como el deseo en los vestidos largos

o en años sin decirse.

El mar arriba el cielo abajo. Una ciudad se incendia

o se abandona y entran cenizas por el techo.

Ella de pie y al lago tembloroso lo cubren pétalos: la alfombra

donde acostar la orilla, que apenas por llevar sus nombres

hayamos sido aquéllos. Lo deseado no llena esta botella

sólo la arropa como una bolsa o una tapa.

 

El trueque de las ganas (color mascar la guinda

saborear y molerla, sonidos pareci-

dos pasajes de ida)

por el alivio del primer foco en una carretera a oscuras

(podremos hacerlo con vista al mar, pero lo hacíamos en el mar).

 

Un foco no es un paradero, los buses aceleran sin mí,

pegado en cómo lo alguna vez deseado ya no existe,

pues lo deseado muta.

 

Y uno no.

 

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