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Palabras Errantes Latin American Literature in Translation

Palabras Errantes
Nicolás Di Candia, ‘My cloud’

My cloud

Written by Nicolás Di Candia. Translated by Sam Gordon.

I live in a high-rise flat. As well as having a magnificent view over the whole city, I can also see approaching storms.

One was nearing the other day. The clouds were very low. Some of them were so close to the building that they enveloped it. You couldn’t tell from the window, but the building seemed to fuse with the clouds. My flat marked the boundary of the sky.

I went to the windows to shut them before the storm hit. When I got there, a solitary cloud was making its way towards my balcony. It was small, self-propelling, and surrounded by other dense and threatening thunderclouds. I was fond of it, so I left the balcony shutter open to invite it in.

The cloud came in. I wanted to share my home with it for a while. I wasn’t sure what to do. I guided it into the living room and ushered it towards the most comfortable chair, the one I usually offer to guests. But it didn’t go for it. It preferred to hover near the ceiling. It seemed comfortable there.

The cloud floated around the flat. It would change shape when it came up against an obstacle. I turned off all the fans for fear that it would harm itself on its course. And so it became acquainted with my house. I accompanied it to my room, then my children’s, then the kitchen and the washroom. At one point it headed to a bookshelf. It playfully sneaked in between the books, transforming itself into several smaller clouds that would reunite on the other side of the bookshelf.

When the original cloud (or perhaps a new one) had reformed, it was darker than before. I thought it might have been the dust from the books, but on closer inspection I noticed that it had changed. It did not appear to be the same friendly cloud that I had welcomed into my home. All the same, it pained me to throw it out. It was doing nothing more than expressing itself, and if it had felt sufficiently at ease to do that in front of me, then perhaps I ought to be proud.

In any case, I was afraid it might rain. It wasn’t too serious. At the end of the day, flats can always dry off. But then I worried it might trigger some sort of power cut. This concerned me more. I would need to take some sort of preventative measure to ward off any danger.

The logical thing would be to return it to the sky, its natural habitat, so that it could dedicate itself to doing whatever it fancied. But it seemed risky to me to let it go in the midst of such a big storm like the one that was currently unfolding. I felt a duty to protect it.

I decided to keep it and to return it to the sky on a nicer day. I took an old biscuit tin and I gently placed it in the cloud’s path. When it was inside, I shut it.

The following day my children saw the tin and opened it excitedly. The cloud had restored its healthy whiteness. But they did not realise that it was a cloud. They thought it was cotton candy. When I saw them, I let out a shriek and ran towards them to stop them. It’s not polite to eat guests.

At that point I realised that a family can pose just as much threat to a cloud as a cloud can to a family. I knew the moment had come for us to part. Yesterday’s storm was already over. The sun was shining in a blue sky that seemed to need a cloud. So I went out to the balcony with the biscuit tin and threw it up in the air like a bucket of water.

The cloud came out and floated nearby for a few minutes. The wind was moving it away from my building. I felt close to it. I looked at it as if to invite it to come back whenever it wanted. But I knew that that would never happen. I stayed on the balcony until it was beyond my sight. At that moment my eyes clouded over.

*

Mi nube

Escrito por Nicolás Di Candia.

Vivo en un piso alto. Además de tener una vista magnífica de toda la ciudad, puedo anticiparme a las tormentas.

Ese día se acercaba una. Las nubes estaban muy bajas. Algunas estaban tan cerca del edificio que lo envolvían. No se veía desde la ventana, pero el edificio parecía que se integraba a las nubes. Mi piso era el límite del cielo.

Fui a cerrar las ventanas antes del temporal. Cuando llegué, una nube solitaria se dirigía hacia mi balcón. Era pequeña, con movilidad propia, rodeada de densos y amenazantes nubarrones. Como me dio ternura, mantuve la persiana del balcón abierta para invitarla a pasar.

La nube entró. Quise compartir mi hogar con ella durante un rato. No sabía qué hacer. La guié hasta el living y le dejé el sillón más mullido, el que suelo ceder a los invitados. Pero no lo usó. Prefirió mantenerse cerca del techo. Así parecía estar cómoda.

La nube flotó por el departamento. Ajustaba su forma al encontrar algún obstáculo. Apagué todos los ventiladores porque me dio miedo de que se lastimara en el trayecto. Conoció así mi casa. La acompañé a mi cuarto, a los de mis hijos, a la cocina, al lavadero. En uno de los cuartos, se dirigió hacia la biblioteca. Juguetona, se escabulló entre los libros convirtiéndose en decenas de nubecitas, que después salieron de la biblioteca y se volvieron a unir.

Cuando volvió a integrarse la nube original (o, quién sabe, una nube nueva) estaba más oscura que antes. Pensé que podía ser el polvo de los libros, pero al mirarla mejor comprendí que había cambiado de estado. No parecía la misma nube amistosa que había invitado a mi hogar. Sin embargo, me dio pena echarla. No estaba más que expresándose como era, y si se había sentido lo suficientemente cómoda como para hacerlo delante de mí, tal vez debía estar orgulloso.

De todos modos, me dio miedo de que pudiera precipitar. No era muy grave, al fin y al cabo los pisos siempre se pueden secar. Pero después pensé que podía lanzar alguna descarga eléctrica. Ahí me preocupé más. Era necesario tomar alguna medida preventiva para alejar cualquier peligro.

Lo lógico era devolverla al cielo, su hábitat natural, para que se dedicara ahí a todas las actividades que quisiera. Pero me pareció peligroso largarla en medio de una tormenta tan grande como la que se desarrollaba en ese momento. Sentí el deber de protegerla.

Decidí guardarla para devolverla al cielo un día más agradable. Tomé una vieja lata de galletitas y la crucé con delicadeza en el camino de la nube. Cuando estuvo adentro, la cerré.

Al día siguiente, mis hijos vieron la lata y la abrieron con entusiasmo. La nube había recuperado su blanco saludable. Sin embargo, ellos no supieron que era una nube. Creyeron que era un copo de nieve. Cuando los vi, pegué un alarido y corrí hacia ellos para detenerlos. No está bien comer a los invitados.

Comprendí en ese momento que una familia puede ser tan peligrosa para una nube como ella para la familia. Supe que era momento de separarnos. La tormenta del día anterior ya había terminado. Brillaba el sol en un cielo azul al que parecía hacerle falta una nube. Entonces salí al balcón con la caja de galletitas y la lancé al cielo, como un balde de agua.

La nube salió de la caja y se quedó unos minutos cerca. El viento la fue alejando de mi edificio. Sin embargo, sentí una conexión con ella. La miré como invitándola a volver cuando quisiera. Pero sabía que nunca iba a ocurrir. Me quedé en el balcón hasta que la perdí de vista. En ese momento, se me nublaron los ojos.

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