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Palabras Errantes Latin American Literature in Translation

Reinaldo Odreman 2
The Can Collector

By Raquel Rivas Rojas. Translated by Ruth Clarke.

 

For Lyonell Boulton

 

The man threw the sack over his shoulder and walked downstream, humming a tune to himself. The cans he was carrying in the sack clinked as his tired feet negotiated the mounds and puddles. Every time he found a can the man took the sack off his shoulder, opened it with the calmness of one who has no concept of rushing, and bent down to pick it up so he could add it to the others he had collected. When the can was safely in the sack, the man would repeat the same movements, throwing the sack over his shoulder, and resuming his walk along the banks of the river Guaire. The same tune drifting out under his breath.

That was his space, the place he could say he knew like the back of his hand. Any changes in the path, any object or plant or stone out of place was, for the man who collected cans, something of an event. He had seen a lot of things in the years he had been doing this solitary job. He had passed a couple of slow and indifferent snakes. He had encountered half wild, stray dogs that demanded respect or submission by baring their teeth. And he had even found some unexpected treasures, rummaging in the bushes, like that time he saw something unusual sparkling and bent down to find an engagement ring, with a diamond and everything. He pocketed it immediately, looking around with suspicion.

His colleagues in this trade got together every once in a while, wherever a few of them ended up in the afternoon. They talked about their lives, but also about the things they found on their wanderings hunting unusual objects. They never knew whether the story was real or made up, unless the teller put a hand into one of their many bags and displayed in an open, dirty palm the particular object which had aroused curiosity and disbelief. Like when Cundido, a haggard figure from Petare who did the route between Las Mercedes and Los Ruices, told them in a wealth of detail how he had found a gleaming gold piece. To the disbelief of everyone there, he proudly revealed the coin with the twitch of a nervous smile. They were all speechless, and from that moment on they never doubted Cundido’s stories.

But there were much darker discoveries. The one they called Mama Pancha had once found a pram with bottles and nappies, but no baby. They spent weeks speculating whether the baby had fallen in the river, whether it had got caught on a branch at the bottom, or whether it had ended up in the grate at the end of the Guaire embankment which went almost all the way to Guarenas. Last year, after one of those sudden floods in the river, the one they nicknamed Cometrueno had found a sports bag full of guns. Nobody believed him. But the next week Cometrueno stopped turning up to meetings. And they haven’t seen him since.

When the sack was heavy enough to mean the day’s work was done, the man sat on his ragged clothes and took out the greasy bread he had been carrying in a crumpled paper bag. He chewed it slowly, watching the river flow by. When he finished eating he started the slow process of getting up, supporting his hands on the ground, either side of his sore hips. And it was because of this laborious movement that he found the strangest object he had ever seen on his daily walks along the river bank. He felt a lump under his hand, and at first he thought it was a piece of a broken toy. But when he picked it up and realised what it really was, he let go, tossing it back with an animal-like start.

The ear was intact, it was small, dark, and perfectly oval. He looked at it for a moment and immediately began to imagine the story he would tell that afternoon. He set the scene in detail so that the final effect would sound both surprising and true. But he immediately realised that nobody would believe him without solid proof of his discovery. So, in the same bag which had held the greasy bread he had just eaten, he placed the ear, picking it up with two trembling fingers. He stood up with unusual agility and set off walking along the embankment, humming an old tune.

El Recogelatas

Escrito por Raquel Rivas Rojas.

A Lyonell Boulton

El hombre se echó el saco al hombro y caminó río abajo tarareando una canción. Las latas que llevaba dentro del saco tintineaban mientras sus pies cansados sorteaban los mogotes y los charcos. Cada vez que encontraba una lata, el hombre se bajaba el saco del hombro, lo abría con la parsimonia del que desconoce los apuros, y se agachaba a recogerla para agregarla a las que ya había levantado del borde del río. Cuando la lata estaba a salvo en el saco, el hombre repetía los mismos movimientos de echarse el saco al hombro y seguir caminando al borde del Guaire. La misma canción sonando entre los dientes.

Aquel era su espacio, el lugar que podía decir que conocía metro a metro como la palma de su mano. Cualquier cambio en el camino, cualquier objeto o planta o piedra fuera de lugar era para el hombre que recogía latas una especie de acontecimiento. Había visto muchas cosas en los años que llevaba en aquel oficio solitario. Se había cruzado con un par de culebras lentas e indiferentes. Se había enfrentado con perros callejeros y semisalvajes que, mostrando los dientes, exigían respeto o sumisión. Y hasta había encontrado uno que otro tesoro inesperado, hurgando entre los matorrales, como aquella vez que vio brillar algo inusual y se agachó para descubrir un anillo de compromiso, con todo y diamante, que se embolsilló de inmediato mirando a los lados con recelo.

Sus colegas de oficio se reunían cada tanto, donde les agarraba la tarde a dos o tres, para conversar sobre sus vidas, pero también sobre las cosas que encontraban en sus andanzas de cazadores de objetos insólitos. Nunca sabían si el cuento era real o inventado, a menos que el narrador metiera la mano en uno de sus muchos bolsillos y mostrara en la palma abierta y entierrada el objeto en cuestión que había despertado la curiosidad y la sospecha. Así pasó la vez que el Cundido, un petareño macilento que hacía el recorrido entre Las Mercedes y Los Ruices, después de contar con lujo de detalles cómo había encontrado una reluciente morocota de oro, ante la incredulidad de todos los presentes, mostró con orgullo la moneda con un espasmo de sonrisa nerviosa. Todos se quedaron mudos y desde ese momento nunca dudaron de las historias del Cundido.

Pero había hallazgos mucho más sombríos. La que llamaban Mama Pancha había encontrado una vez un coche con teteros y pañales, pero sin niño. Pasaron semanas especulando si el niño se había caído al río o si había sido atrapado en alguna rama en el fondo o si había terminado en la rejilla en la que se acaba el embaulamiento del Guaire, casi llegando a Guarenas. El que apodaban Cometrueno había encontrado el año pasado, después de una de esas crecidas abruptas del río, un bolso deportivo lleno de armas. Nadie le creyó. Pero la semana siguiente el Cometrueno dejó de aparecer en las reuniones. Y desde entonces no lo han vuelto a ver.

Cuando el saco le pesaba ya lo suficiente para dar por terminada la faena del día, el hombre se sentó sobre sus harapos y sacó del bolsillo un pan pringoso que llevaba en una arrugada bolsa de papel. Lo masticó despacio, mirando pasar las aguas del río. Cuando terminó de comer inició el lento proceso de levantarse, apoyando las manos en la tierra, a ambos lados de sus doloridas caderas. Y fue por ese trabajoso movimiento que encontró el objeto más extraño que había visto en sus diarias caminatas por el borde del río. Se tropezó con un bulto debajo de la mano y al principio pensó que era el pedazo de un juguete roto. Pero cuando lo levantó y se dio cuenta de lo que de verdad era lo soltó echándose hacia atrás con un brinco animal.

La oreja estaba intacta, era pequeña, oscura y perfectamente ovalada. La miró por un momento y de inmediato comenzó a imaginar la historia que contaría esa tarde. Construyó la escena con todos sus detalles para que el efecto final sonara al mismo tiempo sorprendente y verídico. Pero de inmediato se dio cuenta de que nadie le creería sin una clara prueba de su hallazgo. En la misma bolsa en la que estaba el pan grasiento que acababa de comerse guardó la oreja levantándola del piso con dos dedos trémulos. Se puso de pie con agilidad inusual y echó a andar por la orilla embaulada del río, tarareando una vieja canción.

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