titulo

Palabras Errantes Latin American Literature in Translation

Reinaldo Odreman 2
The Debt

By Raquel Rivas Rojas. Translated by Ruth Clarke.

 

For Serenella Rosas

 

There was a storm coming, you could feel it. A gust of wind lifted up leaves, papers, and fine specks of dust from the pavement. Holding her apron in her wet hands, Sere stopped to look at the empty street while Hipólito pulled the grille shut. It had been a long day and there were still three weeks until the elections. During campaign season everything seemed to move more quickly, and at the same time everything hung in the air, like in this wind that was lifting up the leaves and keeping them still for a moment above heads and cars.

Groups from both sides had been getting together to have dinners and meetings at La Factoría. So far there had been no clashes. Without making it too obvious, Hipólito arranged them so that each group was sitting in a corner out of the way of the other. Everyone arrived and sat at their table, exchanging nothing more than a glare and a silent nod. They carried on conversations in low voices and then each went their own ways, without attracting any attention to themselves. But that day, things were about to get serious.

“Saved by the bell”, Hipólito said, loosening his tie.

“That’s women for you, my dear,” Sere replied, “the country would fall apart without us.”

The air was still ringing with the sound of chairs being kicked over and bottles rolling around on the floor. Sere hadn’t really understood how or when it all flared up, but she remembered having heard swearing first.

“Son of a bitch!” someone had shouted in a booming voice.

She’d left everything she was doing to get a look from the kitchen. And in the few seconds it took her to walk to the dining area everything had descended to a level of violence that seemed uncontrollable. There was shouting and pushing. Someone fell and got up furious, flipping over a table which made the commotion even louder when the plates and glasses broke. The smell of whiskey and Coca Cola permeated the air. Someone shouted “grab them!” and then it was impossible to make out anything for a while. Until a tall woman dressed in bright yellow, who had been giving orders and picking up chairs, planted herself in the middle of the fight and fired into the air with a small gun that looked like a toy.

“Nobody move!” the woman said.

Her resolve was such that everyone obeyed her and stayed where they were, in the most ridiculous poses, for a couple of seconds. Then they lowered their arms, lifted their heads, adjusted their skirts and jackets, and began to clear up the mess. That was as far as the scandal went. The opposition group left first, feigning a degree of indignation and assuring that next time they would reserve the whole place just for themselves, because it was impossible to share civilly with those troglodytes.

The government lot ordered another bottle and spent the next hour or so criticising the oligarchs, making fun and plotting revenge. From the kitchen Sere heard them laughing and whispering and roaring with laughter again. When she spotted a chance, she went up to the woman who had put a stop to the havoc and asked for her name. At first the woman looked at Sere with a hard expression, but then her face softened and she laughed heartily.

“They call me The Rattlesnake, but my name is Celia,” she said, “like the salsa singer.”

Sere shook the woman’s hand and thanked her. She said that her way of resolving the conflict had been very effective, but that she would prefer it if weapons were not used in her restaurant. The woman responded with a frank embrace which Sere couldn’t quite escape.

“You owe me one, cook”, Celia said. “But you don’t have to pay me back all at once, and you don’t have to thank me either. That’s what we’re here for.”

Around midnight, when the tiredness was starting to show on the faces of the staff at La Factoría, it was Celia who gathered up her hordes and took them to finish the party somewhere else. Sere gave her a gesture of recognition and relief from the till.

“That’s two”, Celia said as she left, grinning from ear to ear.

The wind had stopped lifting up the leaves. In the dim light of the streetlamps you could make out a drizzle so fine it didn’t seem to hit the tarmac. The smell of wet earth came later, like a faint echo of the rain. While Sere said goodbye to Hipólito until tomorrow, she remembered Celia’s words and she was struck by a strange premonition. She looked at the clear mark the bullet had left in the ceiling and thought how she had no idea what the debt she had contracted might entail. Suddenly the rain started to drum loudly on the roof, and Sere turned off the last light before she left through the back door.

 

La deuda

Escrito por Raquel Rivas Rojas.

A Serenella Rosas

Se respiraba un aire como de tormenta. Un ventarrón largo levantaba las hojas, los papeles, la fina arenilla de las aceras. Con el delantal entre las manos mojadas Sere se detuvo a mirar la calle sola mientras Hipólito cerraba la reja. Había sido un día largo y todavía faltaban tres semanas para las elecciones. En tiempos de campaña todo parecía moverse más rápido y al mismo tiempo todo se detenía en el aire, como en este ventarrón que levantaba las hojas y las sostenía quietas por un momento encima de las cabezas y los carros.

Grupos de los dos bandos se habían alternado para venir a hacer sus cenas y encuentros en La Factoría. Hasta este día no se había producido ningún enfrentamiento. Sin que pareciera demasiado evidente, Hipólito se las arreglaba para sentar a cada grupo en un rincón alejado del otro. Cada quien llegaba y se sentaba en su mesa, sin mediar más que un saludo silencioso, resuelto con un golpe de quijada. Las conversaciones se mantenían en voz baja y después cada quien salía por su lado sin llamar la atención. Pero este día las cosas estuvieron a punto de pasar a mayores.

—Nos salvó la campana —dijo Hipólito aflojándose la corbata.

—Las mujeres, mijo, siempre estamos salvando a la patria —dijo Sere.

Todavía resonaban en el aire los sonidos de sillas pateadas y de botellas rodando por el piso. Sere no había logrado entender cómo y cuándo se desató todo, pero recordaba haber escuchado una maldición antes que nada.

—¡Más puta será tu abuela! —había gritado alguien con un vozarrón.

Había dejado todo lo que estaba haciendo para asomarse desde la cocina. Y en los pocos segundos que tardó en caminar hasta el comedor todo había descendido a un nivel de violencia que parecía incontrolable. Hubo gritos y empujones. Alguien cayó y se levantó furioso, volteando patas arriba una mesa que hizo más grande el estrépito cuando se quebraron vasos y platos. El olor a whisky con Coca-cola se extendió por el aire. Alguien gritó ¡agárrenlos! y luego ya no se entendió nada por un rato. Hasta que una mujer alta y vestida de amarillo encendido, que había estado dando órdenes y separando sillas, se plantó en el medio de la contienda y disparó al aire con una pistolita que parecía de juguete.

—¡Aquí no se mueve nadie! —dijo la mujer.

Su resolución era tal que todos obedecieron y se quedaron como estaban, en las poses más absurdas, por un par de segundos. Después bajaron los brazos, levantaron las cabezas, se acomodaron las faldas o las chaquetas y comenzaron a recoger el estropicio. Hasta ahí había llegado el escándalo. El grupo de la oposición salió primero, fingiendo cierta indignación y asegurando que la próxima vez reservarían todo el lugar para ellos solos, porque no se podía compartir de manera civilizada con esos trogloditas.

Los del gobierno pidieron otra botella y estuvieron criticando a los oligarcas, burlándose y planeando revanchas hasta una hora más tarde. Desde la cocina Sere los oía reirse y cuchichear y volver a reirse a carcajadas. Cuando consideró que era un buen momento, se acercó a la mujer que había detenido la hecatombre y le preguntó cómo se llamaba. La mujer la miró al principio con un gesto duro, pero enseguida aflojó la mirada y se rió con gusto.

—Me dicen La Mapanare, pero me llamo Celia —dijo—, como la cantante.

Sere le extendió la mano y le dio las gracias. Le dijo que había sido muy efectiva su manera de solucionar el conflicto, pero que prefería que no se usaran armas en su restaurant. La mujer le respondió con un abrazo franco del que Sere no supo zafarse.

—Me debes una, cocinera —dijo Celia—. Pero no tienes que pagármela de una vez y tampoco me tienes que dar las gracias. Para eso estamos.

Cuando casi a la media noche el cansancio se veía ya en las caras de todo el personal de La Factoría fue Celia la que levantó sus huestes y se las llevó a terminar la parranda en otra parte. Sere le hizo un gesto de reconocimiento y de alivio desde la caja.

—Ya van dos —dijo Celia al salir, con una sonrisa de oreja a oreja.

El viento había dejado de levantar las hojas. Frente a la luz escasa de los postes se dibujaba una llovizna tan fina que parecía no llegar al asfalto. El olor a tierra mojada vino después, como un eco impreciso de la lluvia. Mientras Sere despedía a Hipólito hasta mañana recordó las palabras de Celia y le asaltó un extraño presentimiento. Miró la marca neta que había dejado la bala en el techo y pensó que no tenía idea de hasta dónde llegaba la deuda que había contraído. La lluvia comenzó a repiquetear fuerte en el techo y Sere apagó la última luz antes de salir por la puerta de atrás.

Share Button

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *