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Palabras Errantes Latin American Literature in Translation

Palabras Errantes
Signals

By Krina Ber.  Translated by Adam Fry.

With much effort, not to speak of the prohibitive mortgage rates, my friend Juan Emilio bought himself flat 22B, on the 22nd floor of the tallest apartment block in the city. He made his decision based on the fact that the windows faced south, where, from the sea of ramshackle homes that covered the hills, some buildings rose ten, even fifteen floors high, their facades blackened and paint peeling with the passage of time. His mother lived in the nearest building to him, on the top floor beneath the roof. Some afternoons when the rain came and swept the soot from the air, Juan Emilio would have been able to see her washing clothes had he a telescope or a pair of decent binoculars. Such a shame then, that he had neither. He couldn’t he call her either: since he moved he was still waiting for the phone company to come and install the line, and he had run out of credit on his mobile phone. Not that this mattered, given that his mother mistrusted such new-fangled things and, since they didn’t have much to speak about, there was no reason for the extra cost. So that he wouldn’t worry, however, Juan Emilio’s mother had the habit of flicking the light on and off three times in a row at eight on the dot every evening, just to let her son know that she was fine. Usually, this sufficed. That’s why he had bought this flat, even though those that faced north, with a view of the mountains, were much more sought after.

With the passing of time, and the scarcity of petrol, the queues that formed in the streets surrounding the block became so dense that drivers were forced to abandon their vehicles, surrendering them to their fate. Street peddlers, eager to protect their wares come rain or shine, quickly made themselves at home in the abandoned vehicles that littered the streets. Whilst some persisted with their informal trade, others moved themselves and their families in permanently, taking advantage of the materials at their disposal; a roof above their heads, glass in the windows, and spare seats. For a time they even enjoyed the luxury of radio, until the car batteries died: the last glimpse of luxury in a city where at that time, electricity was becoming scarcer and scarcer. The residents of the block had been used to rationing water for some twenty minutes a day for a while, but the increasing power cuts caught them by surprise, especially those who hadn’t stocked up with the necessary supplies: kerosene, optical cables, toilet paper and survival kits. Use of the lifts in the tower blocks had been restricted and regulated by ‘tickets’ that were handed out each week by the Residents’ Committee. Seeing as Juan Emilio was unemployed, he didn’t really need to leave so he gave his tickets to his wife. She was still working, and occasionally brought home the shopping. He queued in the obligatory queues, and spent the rest of the day ensconced on his balcony, surveying the horizon of drying clothes and clay bricks, worried about his mother who had ceased communication. He knew that the power cuts had also affected those living in the hills to the south, and came to the conclusion that this was why her daily signals had stopped.

That was, indeed, why. Trapped in her darkened kitchen, the old woman would sit, wringing her hands and sensing her son’s concern. She prayed and fasted, and on the fifth night of power rationing, her own grandfather appeared to her out of a timeless mist, a man of jungle and of mountain, showing her the path that she should follow. Carrying a smouldering bowl of embers she had lit, she made her way outside. Luckily, her tiny balcony was the highest, and so she had no one above her. There, despite her age and arthritis, she knelt down and expertly started to waft a thick blanket over the embers, an ancient movement from somewhere far back in time, a place even her memory would not reach.

Across the space which separated their buildings, Juan Emilio watched the small puffs of smoke floating up from his mother‘s balcony. They rose up vertically until they were lost among the grey of the polluted city sky. He smiled gratefully and (not without a certain filial pride) tapped his wife on the back.

‘Look at that Amelia, mother is sending us smoke signals.’

Juan Emilio’s mother, being so preoccupied with letting her son know she was safe, had failed to recognise the very nature of the message she was sending. But those who lived in the stripped out shells of abandoned cars recognised the ancient call to war in the beating of the blood in their veins. They stripped off their jeans and collected up sticks, guns and metal rods. They plucked the feathers from their hens to adorn themselves, painted their faces with soot and took up arms.

And so the city was filled with smoke signals and the sound of drums.

Señales

Escrito por Krina Ber.

Mi amigo Juan Emilio compró con mucho esfuerzo y escandalosos intereses hipotecarios, el apartamento 22B en el piso 22 del conjunto residencial más alto de la ciudad. En su decisión pesó no poco el hecho que las ventanas se orientan hacia el sur, donde en el mar de viviendas marginales que tapizan las colinas se alzan algunos edificios de diez y hasta quince pisos, con fachadas ennegrecidas y desconchadas por los años. Su madre vivía en el más cercano de ellos, en el último nivel debajo de la azotea donde en algunas tardes, cuando la lluvia limpiaba el hollín del aire Juan Emilio habría podido verla lavando la ropa en su balconcito si tuviera un telescopio o un par de gemelos de primera. Lástima que no poseía tales cosas, pues tampoco podía llamarla por teléfono: desde que se mudó aún espera que le instalen una línea y su celular está sin saldo, pero qué importa eso si ella por su parte desconfía de tan sofisticados artefactos; total, tiempo hace que no encuentran tanto que decirse como para justificar el gasto. No obstante, para que él no se preocupara, cada noche a las ocho en punto la madre de Juan Emilio tenía la costumbre de apagar y prender la luz en su cocina, tres veces seguidas, para confirmarle al hijo que se encontraba bien. En lo regular, era suficiente. Por eso él había comprado ese apartamento aunque los que miran hacia la montaña del norte fuesen mucho más apreciados.

Con el tiempo y la escasez de la gasolina las colas en las calles alrededor del conjunto residencial se hicieron tan densas que los conductores se vieron forzados prescindir de sus vehículos abandonándolos a su suerte. Las carcasas inútiles de carros y camionetas han sido inmediatamente ocupadas por buhoneros deseosos de proteger sus mercancías de la lluvia y el sol. Algunos persistieron en su comercio informal, otros aprovecharon el espacio techado, vidrios, chapas, asientos y otros materiales disponibles para instalarse con sus familias de un modo permanente. Incluso gozaron por un tiempo de emisoras radiales hasta que se descargaran las baterías: último toque de lujo en la ciudad donde por esas fechas comenzó a escasear la corriente eléctrica. Hace tiempo ya que los vecinos del conjunto estaban acostumbrados al racionamiento del agua a razón de veinte minutos dos veces al día, pero el de la electricidad los agarró desprevenidos, especialmente a los que no se habían provisto a tiempo de queroseno, fibra óptica, papel higiénico, artefactos inalámbricos y equipos de supervivencia. En las torres el uso de los ascensores ha sido restringido y regulado rigurosamente por medio de “tickets” que los Funcionarios del Condominio entregaban semanalmente a los habitantes. Como Juan Emilio estaba desempleado no necesitaba realmente salir y traspasó los suyos a la mujer que aún tenía trabajo y, de paso, traía las compras. Se dedicaba a hacer las colas necesarias y pasaba el resto del día acodado en su balcón, escrutando el horizonte de bloques de arcilla y ropa tendida, preocupado por su madre que había dejado de comunicarse, aunque se notaba que la escasez de la corriente estaba afectando también a las colinas del sur y cabía suponer que fuese ésta la causa de la interrupción en su rutina diaria de señales.

Efectivamente, así fue. Agazapada en su cocina oscura la vieja se mortificaba por su lado, intuyendo la preocupación del hijo. Se retorcía los dedos, ayunaba y rezaba. La quinta noche del racionamiento eléctrico, a través de las brumas de todos los años de la vida se le apareció su propio abuelo, hombre de la selva y del monte, y le mostró el camino que debía seguir. La mujer preparó una palangana llena de ascuas y salió afuera; por suerte su minúsculo balcón era el más alto de todos, no techado por ninguno. Allí, pese a su edad y artritis, se agachó y con unos gestos expertos que venían desde más lejos que lo que su memoria alcanzara, comenzó a agitar una gruesa cobija encima de la palangana.

Del otro lado de la distancia aérea que separaba sus viviendas Juan Emilio contemplaba las pequeñas nubes compactas que se desprendían a intervalos regulares del balconcito de su madre y se elevaban verticalmente en el cielo de la metrópolis hasta diluirse en el tono gris de la contaminación general. Sonrió con alivio no exento de cierto orgullo filial y palmeó la espalda de su mujer.

—Mira eso, Amelia. Mi vieja nos está enviando señales de humo.

La madre de Juan Emilio, preocupada tan sólo con avisar al hijo ignoraba la naturaleza del mensaje que estaba enviando. Pero algunos de los moradores en las carrocerías desmontadas reconocieron en el latido de sus venas el antiguo llamado a la guerra. Se despojaron de sus bluyines, recogieron palos, pistolas y varas metálicas, arrancaron las plumas a sus gallinas para adornarse con ellas, recogieron palos y varas metálicas y con el hollín de los cauchos se pintaron las caras.

Y  la ciudad se llenó de señales de humo y de sonido de tambores.

Abril 2003

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