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Palabras Errantes Latin American Literature in Translation

Palabras Errantes
Summer animal

By Lola Arias. Translated by Catriona McAllister.
español

My legs have gone to sleep from sitting in the same position for hours. My mother says I’m like a rabbit when I’m in a bad mood, but she’s like a naked cow when she plucks her eyebrows in the bathroom mirror. She thinks it’s healthy for my father to take me on holiday to Nature. I tell her that as far as I’m concerned, Nature is all around and I don’t need to be forced to go and see it. There aren’t any sandwiches, biscuits or anything else to eat in the lorry. My father rests his elbow on the window and strokes his moustache, singing along quietly to the radio. He thinks of me as a summer animal. He lifts me into the lorry, then when we get to the countryside he chucks me out into the elements.  I’m sure he’ll show me the new calves tonight. Just like every year, we’ll head outside in silence, torch in hand; we’ll follow the muddy path outlined by a single beam and then we’ll go into the stable and have the new arrivals nuzzle our hands. When I was little I would name them on that first night: the females would be named after countries: Ireland, Burma, Albania; and the males after odd numbers. The leather of the lorry seat reeks of bums and tobacco. Every summer my father decides to stop smoking and coughs his way bad-temperedly through several weeks. On those days, the farmhands keep their eyes down, avoiding speaking to him. I know they call him a woman’s name behind his back.

My skirt doesn’t reach my knees and there’s a cold draft from the lorry door. When my father came to collect me this morning he didn’t recognise me. I got out of the lift, opened the door and he carried on staring absent-mindedly into the street. When I spoke to him, he didn’t move at first. He looked me up and down and, instead of giving me a kiss, put his hand on my back and told me to hurry up because the lorry was badly parked. Looking out through the windscreen, I see the sun setting red over the grass plains. I wonder if the cows behind the wire fences might be cardboard. My father reaches under the seat for the flask of juice. I twist the top off hard and an orange stream cascades over the plastic cup. The juice is warm and has an aftertaste of wine. My father lights a cigarette and offers me one from the packet; he’s done that joke for as long as I can remember. I shake my head but don’t laugh like I used to. I’m thirteen now and I don’t think it’s funny. I smoked my first cigarette not long ago, hiding in the toilets at school. My father smokes like a cowboy in a Marlboro advert, staring at the strip of tarmacked road ahead.  “It’s going to rain,” he says, and the sky fills with dragonflies like tiny helicopters, splattering across the front of the lorry. I remember a summer when the fields flooded so badly the animals looked like ghosts walking on water.  I would splash around in my wellies with the local kids. The foreman’s son would pull my hair and squash star-shaped dollops of mud onto my legs. One night he pushed me into a puddle and kissed me. It’s late now. The gauchos emerge from their white cabins with stools to watch the sunset. They are the seated guardians of stillness: some look like they’re asleep, others raise their arm to prepare the next mate or stretch out their hand to wave at the passing cars. My father and I are motionless, watching the screen of the sky. At this exact moment, my mother must be getting ready for her trip to the beach. She won’t have turned the lights on yet, so she’s a shadowy figure trying on bikinis while she chats to her sister on the phone, both in an identical position looking at their new swimsuits. Every summer they come back with an identical photo album: my mother and aunt with drinks and sun loungers and always some man with his back to the camera or a pair of sunglasses on the bar counter. As well as the photos, they bring back all sorts of handicrafts and overflowing piles of decorative shells for the bathroom, the lounge coffee table, the dining room. It’s raining. The windscreen is like half a broken watch with a hand moving back and forth, stopping the passage of time. My father leans his forearm on my legs to close the window on my side. His shirt sleeve is rolled up. At the edge of his sleeve you can just see the scar that snakes its way up through the black hair. My father nearly lost his arm when a tractor blade cut through it. The wind that came through the window swirls up my nose and makes me sneeze. My father says bless you and lays his thick fingers on my exposed neck. “What did you do to your hair?” he asks. He liked the thick plaits cascading all the way down my back last year. Now my hair forms a brown helmet around my ears. The road fills with headlights charging towards us. My pupils wander and my eyelids droop until they meet my lower eyelashes. The daylight gives way to a seemingly endless stream of circular beams. Colours don’t exist when your eyes are closed. The tyre gliding over the tarmac soothes me like a lullaby. I open my eyes and I don’t know how long I was asleep but now it’s dark and you can hear the night-time crickets. It’s stopped raining. We jolt along a dirt track to the ranch. My father climbs out of the lorry like he’s dismounting a horse, legs akimbo. Once again, I see the postcard of every summer laid out before me. The lorry’s headlights shine on my father like a spotlight. My father looks at me and opens the gate.

Summer Animal

Artwork by Rocío Muy Bien


Animal de verano

Tengo las piernas dormidas de estar sentada en la misma posición durante horas. Mi madre dice que parezco un conejo cuando estoy de malhumor, pero ella misma es una vaca desnuda cuando se depila las cejas frente al espejo del baño. Ella cree que es sano que mi padre me lleve de vacaciones a la Naturaleza. Yo le digo que para mí la Naturaleza está en todos lados y que no necesito que nadie me obligue a ir a verla. No hay sándwiches ni galletitas ni nada para comer en el camión. Mi padre apoya el codo en la ventanilla y se acomoda el bigote mientras canta en voz baja la canción de la radio. Para él yo soy un animal de verano. Me sube en el camión y, al llegar al campo, me arroja a la intemperie. Esta noche, seguro me mostrará los nuevos terneros. Como todos los años, saldremos de la casa linterna en mano sin hablar: seguiremos el camino marcado por el haz de la luz en el barro y luego, entraremos al establo a tocar los hocicos de los recién nacidos. De chica, les ponía nombres esa primera noche: para las hembras usaba nombres de países: Irlanda, Birmania, Albania, y para los machos, números impares. El cuero del asiento del camión huele a nalgas y tabaco. Todos los veranos mi padre se propone dejar de fumar y tose y está imposible durante semanas enteras. Esos días, los peones van con los ojos en el suelo, evitando hablarle. Yo sé que ellos lo llaman a escondidas con nombre de mujer.

La falda no me tapa las rodillas y el frío entra por la rendija de la puerta del camión. Esta mañana, cuando mi padre me vino a buscar no me reconoció. Bajé del ascensor, abrí la puerta y él siguió mirando distraído hacia la calle. Cuando le hablé, se quedó inmóvil un rato: me miró de arriba abajo y en lugar de darme un beso, me puso la mano en la espalda y me dijo que me apurara, que tenía mal estacionado el camión. Por el vidrio delantero, veo el sol caer rojo sobre la llanura. Me pregunto si las vacas no serán de cartón detrás de los alambrados. Mi padre mete la mano debajo del asiento para buscar el termo de jugo. Abro la tapa con fuerza y cae una catarata naranja sobre el vaso de plástico. El jugo tiene gusto a un vino anterior, está tibio. Mi padre enciende un cigarrillo y me ofrece uno del paquete. Desde que tengo memoria, mi padre siempre hace ese chiste. Yo niego con la cara pero no me río como antes. Ya tengo trece y no me parece gracioso. Hace poco fumé mi primer cigarrillo escondida en el baño del colegio. Mi padre fuma como un cowboy de propagando de Marlboro con los ojos en el centro de la cola de asfalto. «Va a llover », dice y el cielo se llena de libélulas como helicópteros en miniatura que se estrellan contra la trompa del camión. Recuerdo que un verano los campos se inundaron tanto que los animales parecían fantasmas caminando sobre el agua. Yo chapoteaba por todos lados con mis botitas de lluvia y los chicos del pueblo. El hijo del capataz me tiraba del pelo, me incrustaba estrellas de barro en las piernas. Una noche, me empujó contra un charco y me besó. Ya es tarde. Los gauchos salen de sus ranchos blancos con la sillita de mirar el poniente. Son los guardianes sentados de las cosas quietas: algunos parecen dormidos, otros doblan el brazo para cebar el próximo mate o estiran la mano para saludar a los autos que pasan. Mi padre y yo estamos inmóviles frente a la pantalla del cielo. Seguramente, en este mismo momento, mi madre se prepara para el viaje a la playa. Aún no prendió las luces de la casa y es una sombra que se prueba bikinis, mientras habla por teléfono con su hermana, las dos en idéntica posición mirando sus nuevos trajes de baño. Cada verano vuelven con un álbum de fotos idéntico: mi madre y mi tía con tragos y reposeras y siempre algún hombre de espaldas o unos anteojos negros sobre la mesa del mostrador. Además de las fotos, traen artesanías varias y una invasión de caracoles vacíos que decoran el baño, la mesita ratona del living, el comedor. Llueve. El parabrisas es como la mitad de un reloj descompuesto con una aguja que va y viene para que no pase el tiempo. Mi padre cierra la ventanilla de mi lado apoyando el antebrazo arremangado en mis piernas. Del borde de la camisa asoma un tajo como una serpiente que interrumpe el pelo negro en diagonal. Mi padre casi pierde el brazo cuando fue atravesado por el aspa de un tractor. El viento que entró por la ventana hace círculos dentro de mi nariz hasta hacerme estornudar. Mi padre dice salud y apoya sus dedos anchos sobre mi cuello desnudo: «¿Qué hiciste con tu pelo? », me pregunta.  El año pasado mi padre admiraba mis trenzas que caían gordas hasta el final de la espalda. Ahora mi pelo es un casco marrón corto hasta las orejas. El camino se empaña de luces de autos que embisten contra nosotros. Mis pupilas se desvían y caen los párpados sobre la línea de las pestañas inferiores. La luz se transforma en un sinfín de puntos que forman figuras circulares. No existen colores con los ojos cerrados. Oigo la rueda que se desliza sobre el asfalto como música para dormir. Abro los ojos y no sé cuánto tiempo dormí pero ya es de noche y se escuchan los grillos nocturnos. Ya no llueve. Avanzamos a los tumbos por un camino de tierra hasta la estancia. Mi padre baja del camión como de un caballo, con las piernas abiertas. Otra vez, veo frente a mí la postal de todos los veranos. Las luces del camión iluminan a mi padre y forman un círculo a su alrededor. Mi padre me mira y abre la tranquera.

 

Copyright © 2011 Lola Arias

English Translation © 2018 Catriona McAllister

 

Lola Arias (Buenos Aires, 1976) is a writer, theatre and film director, visual artist and performer. She collaborates with people from different backgrounds (war veterans, former communists, Bulgarian children, etc) in theatre, literature, music, film and art projects. Her productions play with the overlap zones between reality and fiction. She staged, among others, *My life after* (2009), *Familienbande* (2009), *The year I was born* (2012), *Melancholy and demonstration* (2012), *The art of making money* (2011), *The art of arriving* (2015), *Minefield* (2016) and *Atlas of Communism* (2016). She also directed the feature film *Theatre of war* (2018). She also created several urban intervention projects with Stefan Kaegi. Together with Ulises Conti, she composes and plays music. She published poetry, fiction and plays. Lola Arias’ works have been shown at festivals including Lift Festival, Theater Spektakel; Under the radar NY; Wiener Festwochen; Spielart Festival; Sterischer Herbst; Berlinale; and in venues like Theatre de la Ville, Red Cat LA, Walker Art Centre, Parque de la memoria, Museum of Contemporary Art Chicago. www.lolaarias.com

Catriona McAllister is a Lecturer in Latin American Cultural Studies at the University of Reading. Her research focuses on Argentine literature and culture, with a particular emphasis on ideas of nationhood and relationships between history and literature. Her translation of Lola Arias’ story ‘Summer Animal’ was included in Hija: Literary Daughters in Argentina.

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