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Palabras Errantes Latin American Literature in Translation

Suns 0098

By Enrique Winter. Translated by Ellen Jones.

 

 

One sol, like the sun god

of the same name, a tip for a waitress

surprised by her own luck.

 

A red sun on the beach, a pixel in the eye

on a digital photo we shouldn’t have taken

obscured by lines of cloud (the cataracts)

and by the TV on the bus,

layers of dust stop us laying together

in a desert no passenger claims,

the sea (the iris) barely visible.

 

The bus sponsors the black

motorway slicing through red dawn –

it would be a rangers shirt

if I were at home and not

where all the buildings are unfinished

to avoid taxes or afford a view of the stars

marred only by the flutter of hanging

underwear, vests for an amateur team

playing at the stadium of the TV-addled masses.

A tricycle wheel holding up the traffic, the sun

reflects three-quarters in the water,

its red eye less real than the in-transit screen.

 

Someone once told me I was a sun.

 

And though all it took to play the note sol

was to place my little finger on the

string above do, they always said

the ring finger was better, flipping them

over like a closed sign in a bar,

making me want to tell them

how the sol’s doing against the peso,

but the rate changes (a game of fingers

and frowns) when I play it

on the guitar.

 

In the clear sky there are no reference points

to tell us near or far.

 

Better that the sun rises, that it swallows

those who allow a mere fortnight

to recover from a year of abuse

(a year given freely, for free, freely, freely).

With the brick colour of the unfinished

houses (almost all of them now)

gold, day and man are gilded,

but not silver, the moon, or woman (maybe the screen

or even the luck of the waitress receiving

a tip with the name of the sun god).

The dozens of times we tried to take that photo

of the sunset, waiting

to develop a roll of film that showed us

black again, against an incomprehensible red.

 

In the city where I live I decide whether to eat,

wrap up warmly, watch my footsteps on the way home.

Outside the city it’s the sun that decides

if food will grow, if I’ll

die of hypothermia or sweat.

I would pray to him first and foremost:

Country egg-yolk

a glass spilled into the sea

not by the on-screen heart-throb

but the audience.

 

The egg-white, unscrambled, is a cloud

and the sky fills the frying pan.

The sound of the oil is like the sound of waves –

in the sea, not holding a shell to your ear –

like watering cans pouring, and

 

the films have robbed us of the very afternoon.

The bus has stolen our journey.

 

The sun was built by labourers

like the ones on this bus, not even looking at it

now that energy can be created in other suns

that won’t shine on them

though they swear they’re invited.

 

It’s hard to love a single sun

when the word suns already exists

and you don’t know if it’s the same one you saw yesterday

(your route and the girl you’re holding have changed)

when buds appeared on the route

and on the one we love, her brow furrowed

the dozens of times we tried to take that photo

of the sunset, the wait

to develop a roll of film that showed us

black again, against an incomprehensible red

the colour of eyes in digital photos.

Perhaps the same pure red

you see in sunlight through closed lids,

slender birds of interference.

 

The bus-stewardess (what a word) says

that in order to see the film better

we must close the curtains.

 

 

Soles 0098

 

Escrito por Enrique Winter.

 

 

Un sol, la dicha

sorprende a la mesera que recibe

la propina cual dios del mismo nombre.

 

Un sol rojo en la playa, píxel en el ojo

de una foto digital que no debimos sacarnos,

interrumpido por líneas de nube (las cataratas)

y la tele del bus,

polvo que impide otros polvos

en un desierto que ningún pasajero reclama,

inadvertido el mar (el iris).

 

El bus auspicia la negra carretera

que corta el arrebol,

una camiseta que sería de rangers

si estuviera en mi tierra y no

donde ninguna construcción se ha terminado

para eludir impuestos o mirar las estrellas,

apenas cubiertas por la ropa interior colgada

y flameando: camisetas de un equipo pequeño

visitando el estadio de la masa tevita.

La rueda del triciclo armando un taco, este sol

tres cuartos en el agua su reflejo,

más la pantalla del bus que ese ojo rojo.

 

Una vez me dijeron que era un sol.

 

Y si para tocar el sol bastaba

poner el dedo chico en la primera

cuerda luego del do, siempre enseñaron

mejor el anular, voltearlos

como el cartel –cerrado– en los boliches

y me dan ganas de contarles cuál

es el cambio de sol a peso,

pero la tasa es otra (juego de manos

y muecas) cuando la pronuncio

en la guitarra.

 

En el cielo despejado no hay puntos de referencia

para decir cerca o lejos.

 

Mejor que venga el sol, que trague

a quienes lo permiten apenas quince días

retribuyendo el año de maltratos

(era gratis, gratuito, gratis, gratis).

Con el color ladrillo de las casas

sin terminar (ya, casi todas)

dorado el oro, el día, el hombre

no la plata, la luna, la mujer (acaso la pantalla

o bien la dicha de la mesera que recibe

la propina cual dios del mismo nombre).

Las decenas de veces que intentamos la foto

con la puesta de sol, la espera

por revelar un rollo que nos presentaría

negros de nuevo, tapando un rojo inentendible.

 

En la ciudad que habito yo decido

si me alimento, si me abrigo, si miro mis pisadas cuando vuelva.

Quien decide afuera es el sol,

si crece algo de comer, si muero

de hipotermia o transpiro.

Le rezaría a él antes que a nadie:

 

yema de huevo de campo

derramada en mar la copa

no del galán de la tele

sí de los espectadores.

 

La clara previa a revolverse es una nube

y el cielo cubre la paila.

El ruido de ese aceite recuerda al de las olas

cuando se está en el mar y no con la conchita en el oído,

a regadores cuando empapan, y

 

las películas nos robaron hasta el atardecer.

El bus nos ha robado el viaje.

 

Al sol lo construyeron jornaleros

como los de este bus, que ni lo miran

ahora que la energía puede inventarse en otros soles,

que no los broncearán

aunque se juren invitados.

 

Difícil adorar a un único sol

cuando ya existe la palabra soles

y uno no sabe si vio el mismo ayer

(cambiaron el camino y la abrazada)

cuando al camino le salieron brotes

y a la que amamos, el fruncido ceño

las decenas de veces que intentamos la foto

con la puesta de sol, la espera

por revelar un rollo que nos presentaría

negros de nuevo, tapando un rojo inentendible

como el del ojo en tomas digitales.

Acaso quede el puro rojo

que ven los cerrados cuando al sol,

delgados pájaros de interferencia.

 

La terramoza (qué palabra) dice

que para una mejor visión de la película

se cierren las cortinas.

 

 

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