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Palabras Errantes Latin American Literature in Translation

Palabras Errantes
The Boy with the Moccasins

By Inés Bortagaray. Translated by Dunja Fehimovic.
español

We walk under the trees on a freezing June day. We move forward in silence and hear the rustle of the grass dampened by an intermittent drizzle that fell in the afternoon. I look at his black moccasins, so ill suited to walking in the mountains. A touchingly formal pair of shoes which he has put on unaware of the thick mass of these weeping willows, shrubs and poisonous trees made green again by the rain that falls when winter is not yet far advanced.

The tips of his shoes are soaking, and some blades of grass have stuck to the fake leather like small magnetic fibres. A dog keeps barking, in the distance. The treetops sway. The light is moss-like. I smell the cold that rises from the mud and smile at him.

Now the ground breaks into a slippery slope. We need to cross the stream to continue.‘They say a caiman lives here,’ I tell him. He goes ahead. In one stride he crosses the fissure and reaches out his hand so that I can cross too. I look at him and I don’t know whether to cry or pretend not to notice. I pretend not to notice and jump. I land with my eyes squeezed shut. Beneath my eyelids the tears well up and manage to spill over. He strokes my forehead with two fingers. I lean against them, I’m hypnotised. I tell myself I’ll be strong; I open my eyes and see him. A lock of hair has fallen onto his forehead. There is no determination, just an air of resignation.

‘I’ve never seen you with it. I can’t be sure that it’s not a case of zoanthropy. You and the caiman, one and the same.’ He smiles. We climb the squat little hill. To avoid slipping we grab onto the tall weeds, as if they were horses’ manes. We are covered in mud. We stop for one moment and already our feet begin to disappear in the wet peat. Now the ankles. We are mutilated. He lifts one foot, then the other. I copy him. Our mud-covered feet are heavy. Our new feet, the feet of primitive mountain-dwellers.

I talk to him about films with quicksand. I ask him why there are no more films in which people slowly sink in quicksand, or are enclosed by moving walls, or drowned in rooms flooded by the rising waters that spring from the black hole of evil. ‘Could it be because the Cold War is over? Those endings stopped with the Cold War. The poor sad eyes of those people doomed to sink relentlessly into the quicksand. All damned to hell.’

Signs of protest, pain or indignation rise from amongst the frogs. The noise turns into a racket. Croak. Croak. Croak. I know that if I force a word out, I’ll break the perfectly fragile air of the afternoon. He sinks his hands into the pockets of his duffle coat and I think about reaching for his left pocket and putting my hand there, next to his, squeezing his rough palm, holding his crooked, tobacco-scented fingers, keeping him with me, because everyone will be able to understand, because everyone will end up understanding.

Photography by Fernanda Montoro

El muchacho de los mocasines

Escrito por Inés Bortagaray. Traducido por Dunja Fehimovic.

Caminamos bajo los árboles en un día helado de junio. Avanzamos en silencio y oímos el silbido del pasto humedecido por una garúa intermitente que cayó en la tarde. Miro sus mocasines negros, tan poco adecuados para andar en el monte. Unos zapatos conmovedoramente formales que él se ha puesto ignorando la espesura de estos sauces llorones, mataojos y arueras reverdecidos por la lluviecita cuando el invierno es aún temprano. Las puntas delanteras están empapadas, y unas briznas se han pegado en el cuero sintético como pequeñas fibras imantadas. Un perro insiste en ladrar, a lo lejos. Las copas de los árboles se mecen. La luz está hecha de musgo. Huelo el frío que se eleva desde el barro y le sonrío.

El suelo ahora se quiebra en una pendiente resbaladiza. Hay que cruzar una cañada para seguir. – Dicen que acá vive un yacaré –informo. Él se adelanta. De una zancada atraviesa la hendidura y me extiende la mano para que yo también cruce. Lo miro y no sé si llorar o hacerme la desentendida. Me desentiendo y salto. Aterrizo con los ojos apretados. Bajo los párpados las lágrimas se me alborotan y se diluyen con éxito. Me acaricia el entrecejo con dos dedos. Me inclino sobre ellos, soy la hipnotizada. Me digo que seré toda un muchachito, abro los ojos, lo veo. El jopo le cae sobre la frente. No hay determinación, sino un aire resignado.

Nunca te vi con él. No podría asegurar que no se tratara de un caso de zoantropía. Vos y el yacaré, la misma cosa. Sonríe. Trepamos el cerro chato. Para no resbalarnos nos agarramos de los yuyos altos, como si fueran crines. Estamos embarrados. Un instante sin avanzar y ya los pies se nos pierden en la turba mojada. Ahora los tobillos. Somos personas mutiladas. Él alza un pie, y luego otro. Lo imito. Pesan los pies cubiertos de barro. Nuestros pies nuevos, de personas primitivas y montaraces. Le hablo de las películas con arenas movedizas. Le pregunto por qué ya no hay películas donde la gente se hunda lentamente en arenas movedizas, o sea emparedada por paredes movedizas, o se ahogue en habitaciones anegadas por el agua progresiva que brota del orificio del mal. – ¿Será porque se terminó la guerra fría? Con la guerra fría se fueron esos finales. Pobres ojos tristes de los condenados a bajar sin pausa en las arenas. Todos tan irredentos.

 Se eleva una manifestación de protesta, dolor o escándalo entre las ranas. El barullo se hace gresca. Croar. Croar. Croar. Sé que si apuro una palabra romperé el aire perfectamente frágil de la tarde. Él hunde las manos en los bolsillos de su montgomery y yo pienso en alcanzar su bolsillo izquierdo y guardar mi mano derecha ahí, junto a la suya, apretarle la palma áspera, retener los dedos encorvados con olor a tabaco, retenerlo conmigo, porque todos sabrán comprender, porque todos terminarán entendiendo.

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