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Palabras Errantes Latin American Literature in Translation

The Palace of Justice

By Felipe Martínez Pinzón. Translated by Cherilyn Elston.

For Carlos Cortés Castillo

(6th November 1985)

 

 

My father tells me that

at seven at night he returned from work in a Renault 4,

with a friend, skirting round the edge of the Andes.

In the darkness they heard on the radio, also kidnapped,

of the siege, the guerrilleros, the hostages, the tanks,

while the rising smoke from the Palace clouded the windows.

 

Lapped by the flames they pulled the car over, turning off the radio,

and at the mountain’s edge, in suits, they got out.

Turning their heads they saw (and my verbs go foggy)

below, in the dark skirts of the mountain,

the Palace of Justice in flames, it alone illuminated,

like a well of lava, the rest of the city put away safely,

lit up by televisions, inside their houses.

 

Ignorant faces alight, they guessed

what the fire hid, the voices inside that cried

or remained silent, the bodies that ran or ducked down,

the thousand soldiers swallowing ash, their rifles shaking,

pushed into the flames to discover

the dark gift of a prepubescent death;

they heard the suffocated proclamations, the insults,

the spit on the steaming corpses,

the thick saliva of madness running through the telephones.

 

Yet, nothing can prepare the ear

for the eerie, the moment where memory burns down

and is made inaudible, static, like a bonfire put out.

 

My father and his friend returned silently to the car.

Starting up, beneath their feet they felt it become a seed

tossed around by a river at night.

They carried the heat from the fire forever in their faces.

 

 

 

Fotografía por Robert Max Steenkist FotoMUST

 

El Palacio de Justicia

A Carlos Cortés Castillo

(6 de noviembre de 1985)

 

Escrito por Felipe Martínez Pinzón.

 

 

Me cuenta mi padre que

a las siete de la noche volvía del trabajo en un Renault 4,

con un amigo, bordeando la cordillera de Los Andes.

En la oscuridad oían por el radio, también secuestrado,

de la toma, los guerrilleros, los rehenes, los tanques,

en tanto el humo del Palacio subía hasta empañarles los vidrios.

 

Orillaron el carro atigrado por las llamas, apagaron el radio,

y al borde de la cordillera, en corbata, se bajaron.

Tomándose la cabeza vieron (y el verbo se me nubla),

abajo, en la falda oscura de la montaña,

el Palacio de Justicia en llamas, alumbrando único,

como un pozo de lava, el resto de la ciudad guardada,

iluminada por los televisores, adentro de las casas.

 

Con el rostro de ignorancia prendido, adivinaron

lo que el fuego ocultaba, las voces que adentro gritaban

o callaban, los cuerpos que corrían y se agachaban,

los mil soldados tragando ceniza, sus rifles temblando,

empujados a las llamas para encontrar ahí

el oscuro regalo de una muerte impúber;

oyeron también las proclamas asfixiadas, los insultos,

los escupitajos sobre los cadáveres humeantes,

la espesa saliva de la locura correr por los teléfonos.

 

Sin embargo, poco puede prepararnos el oído

para el odio, el momento donde la memoria se incendia

y se hace estática, inaudible, como una fogata detenida.

 

Mi padre y su amigo se volvieron silenciosos al carro.

Arrancaron, sintiéndolo bajo sus pies hacerse semilla

que un río revuelca por la noche.

Se llevaron para siempre el calor del incendio en sus caras.

 

(De El silencio empobrecido, libro inédito)

 

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