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Palabras Errantes Latin American Literature in Translation

Palabras Errantes
The Sea is a Mystery

By Enza García. Translated by Cherilyn Elston.

 

 

 

Father had died,

in the same way that the seabed could not be seen.

Clarice Lispector

 

She’ll leave with that man, Luis thought. His chest filled up with scorpions; he had never been very resistant to those bites like the rest of his brothers: he would break out in a rash and his mother would have to take him immediately to the outpatient’s clinic. He closed the fridge and opened a box of Sangria.  He quickly downed a glass as he heard a motorbike stop in front of the house.  She’ll leave with that man, motherfucker. They knocked on the wooden door, and he felt time turbidly pass through his flesh, as if the seconds embarked upon a crusade against the form in which his body pulsated, like that, for pure enjoyment, because the idiots are always the ones who pay the price.  It’s him, he thought, that fucking dickhead. His daughter crossed the tiny space of the almost kitchen and the almost living room to open the door. She didn’t say goodbye. Through her white trousers you could see that she wasn’t wearing any underwear.  Only sixteen years old she had already had a couple of abortions (without wanting to, she said, she swore, these things happen with a poor diet and getting drunk every weekend), despite the fact she was still scared of the dark, like a little girl. But a daughter seems to be the only property that cannot be expropriated in a man’s life. She was his little girl, his only.

She returned at nighttime, his other children hadn’t returned to the house either. She came to collect her things, it was definitive. She was going to live with Ronny. The father objected, threw her belongings on the floor and closed the door. At least this confirmed that she did actually own underwear.  Of all colours. The daughter was furious, shouting for her freedom. That man is bad news, Luis said, his only argument. That man will fuck your life up. She only screamed, snot running down her face. Finally, he felt a brief hope as he heard the motorbike back away from the premises. The daughter shouted furiously: it’s your fault he left, it’s your fault he left,

Luis responded slowly, “it’s for your own good, kid”.

But the door opened on its own; perhaps it was the wind, we always blame the wind.

Ronny came close once again, this time accompanied by someone they called El Vitico.  Get on, he said. The daughter obeyed, and when she wanted to look at her father one last time, in a gesture of victory barely elegant, El Vitico fired seven shots in the voice that didn’t have time to repeat “that man will fuck up your life”.

She looked at the face of the new sentry of her existence. She couldn’t imagine what would happen next. The sea was far away.

El mar es un misterio

Escrito por Enza García.

Papá había muerto,

de la misma manera que no se ve el fondo del mar.

Clarice Lispector

Se va con ese hombre, pensó Luis. El pecho se le llenó de alacranes; nunca fue muy resistente a esas picadas como el resto de sus hermanos: le salía un salpullido, y la madre tenía que llevarlo en una sola carrera al ambulatorio. Cerró la nevera y destapó la botella de Sevillana. Se tomó un trago con prisa cuando escuchó la moto que se estacionaba frente al rancho. Se va con ese tipo, coñoelamadre. Tocaron la puerta de madera, y sintió el tiempo turbio pasando a través de su carne, como si los segundos emprendieran una cruzada contra su forma de latir, nada más por puro gusto, así, porque los pendejos siempre se llevan la mejor parte. Es él, pensó, ese maldito cara e’ verga. Su hija atravesó el espacio mínimo de la casi cocina y la casi sala para abrir. No se despidió. A través del pantalón blanco se notaba que no llevaba pantaleta. A los dieciséis años ya se había hecho un par de abortos (ella dice que sin querer, lo jura, esas cosas pasan con una mala alimentación y la caña que se mete uno los fines de semana), a pesar de que se asustaba en la oscuridad de su habitación, como una niña tierna. Pero una hija parece ser la única propiedad que no puede expropiarse en la vida de un hombre. Era su carajita, la única.

Ella regresó en la noche, los otros hijos tampoco se habían reportado por el rancho. Venía por su ropa, era definitivo. Se iba a vivir con El Ronny. El padre se opuso, regó sus pertenencias en el piso y cerró la puerta. Al menos confirmó que en efecto sí tenía pantaletas. De todos los colores. La hija gritaba furiosa por su libertad. Ese hombre es malo, decía Luis como único argumento. Ese hombre te va a joder la vida. Ella sólo chillaba, mientras el moco le rodaba hacia la boca. Finalmente se hizo un espacio para la esperanza cuando escuchó a la moto alejarse del recinto. La hija gritaba con furia: se fue por tu culpa, se fue por tu culpa, no joda.

Luis respondió despacio “es por tu bien, mija”.

Pero la puerta se abrió sola; quizás haya sido el aire, uno siempre culpa al aire.

El Ronny se acercaba de nuevo, con un acompañante al que llamaban El Vitico. Móntate, le dijo. La hija obedeció, y cuando quiso mirar por última vez a su padre, en un gesto poco elegante de victoria, El Vitico desenfundó siete balazos en la voz que no tuvo tiempo de repetir “ese hombre te va a joder la vida”.

Ella miró el rostro del nuevo centinela de su existencia. No pudo imaginar qué pasaría después. El mar estaba muy lejos.

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