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Palabras Errantes Latin American Literature in Translation

Palabras Errantes
To Leave

By Lucía Lorenzo. Translated by Elsa Treviño Ramírez

(They had turned her against a piece of greenish paper and they had turned her again against the same piece of greenish paper). It rained. She drank a cortado in a downtown bar. She waited. The rain drew a curtain on the ample picture windows. (They had tied her name to her wrist and it read B something. They had come to see her). It rained and she waited for nothing. The waiter looked at her. Did he see that minute body overturned in the arms of one and others, rolling, shaken? No. Do you need anything else?, he asked. She thought, she seriously thought about it. But she only said no. It rained (and the women approached, like closed fists, to her face). Sadness. (Do you need anything else?, they didn’t ask. Only hairs and teeth behind a stain of infinite sadness.) (And it is that to be born is sad. But they didn’t know. And if they knew, they had forgotten). She looked at the time and thought of finally leaving. (To grow up. To open up. To debut, they promised in a chorus). There, someone opens the door. They are two small old folks, wrapped up warm, pale, smiley. It rains and they are there. They come from the theatre. The theatre, she thinks. It’s been so long since I last went to the theatre. She asks the waiter if they have a newspaper. The waiter thinks about it for a bit, goes away, and comes back with the newspaper, a newspaper. She leafs through it. Pretends that she leafs through it. One of the old folks looks at her. She dislikes the complicity. I´ve got psoriasis, she tells them with the gaze; I’m an alcoholic; I’ve got a borderline personality disorder, she tells them; but they’re old, like her, and they can’t avoid that stupid complicity. She sinks a little in the newspaper while she thinks of scenes. You will be an artist, dentist, stylist, anything ending in ist. (They tell her, while they lift her up through the air.) Words, nothing more. Failed attempts. Carcasses. Dispersion zones. The water circulates through there, they’re ancient systems, from the time of the Romans, aqueducts, you know?, the man had said, happy with his overall; and she had never seen a man so happy with his overall, so much so that it gave off the desire to own one too. Yes, aqueducts, I know. Perfect works of engineering, said the man. (In Segovia.) What? In Segovia there are the remainders of one. Did you see it? Yes, I saw it, she said. In person?, asked the man. Yes, in person, she said. There it all ended, she remembered. The man stopped being affable. He concentrated in his work, he submerged himself in it and emerged from it. He said an amount, charged it, exited. She had personally seen the remains of an aqueduct and that was unforgivable. That’s how she summarised it. Both summarised it like that. They had found something wrong with her. Too soon had they found something wrong with her. (They held her on her back against a piece of greenish paper.) No, you won’t be an artist. Nor a stylist. Nor a dentist. (They studied her like a book. She was a book for a while). (Things dispersed in her brain. Small explosions, excessive.) Life was short. It was grinded against a stone. Only if it was grinded against a stone. (Her family thanked the medical team.) (To grow up, still.) (To debut.) Nothing was definitive. To know it. To write it on her elbow. To transport it. She returned the newspaper She hated newspapers. She watched the rain fall and sideways, the old folks, like her, as much as her; and she saw her reflection on the glass, and their reflection on the glass, the pale substance with which they were made. She should leave now, she thought. To tackle, to stop something. The water through the pipelines. That speed. That movement. Stop it. Fix it. Not let it move forward. The old man looks at her through the glass reflection. He stared. Princess. (Ah, princess. My princess.) She shook her head. Pulled the gaze away. Shook her head again. She said no alone to the empty bar. (Not that complicity.) The waiter saw them and smiled. (Sadness.)Wasn’t it her rolling from arm to arm, turning over completely, like a promise, a possibility? (You will be an artist, girl.) No. It was an old folk, two old folks, three old folks. (Complicity.) And the water moving forward through the perfect work of engineering. And the remainders of the work put there for anyone who wants or is able to see them. (Unforgivable.) Just that. No more than that, she thought before proceeding to call the waiter, to pay, to exit. To leave.

Irse

Escrito por Lucía Lorenzo. Traducido por Elsa Treviño Ramírez

(La habían dado vuelta contra un pedazo de papel verdoso y la habían dado vuelta otra vez contra el mismo pedazo de papel verdoso.) Llovía. Tomaba un cortado en un bar del centro. Esperaba. La lluvia dibujaba un cortinado en los amplios ventanales. (Le habían atado su nombre a la muñeca y se leía B algo. La habían ido a ver.) Llovía y esperaba nada. El mozo la miró. ¿Veía ese cuerpo diminuto volcado dentro de los brazos de unos y otros, rodando, estremecido? No. ¿Necesita algo más?, preguntó. Ella pensó, ella lo pensó seriamente. Pero sólo negó. Llovía (y las mujeres se acercaban, como puños cerrados, a su cara.) Tristeza. (¿Necesita algo más?, no preguntaban ellas. Sólo cabellos y dientes detrás de una mácula de infinita tristeza.) (Y es que nacer era triste. Pero ellas no lo sabían. Y si lo sabían, lo habían olvidado. Ya lo habían olvidado.) Miró la hora y pensó en irse finalmente. (Crecer. Abrirse. Estrenarse, prometieron en coro.) Allí, alguien abre la puerta. Son dos ancianos pequeños, abrigados, pálidos, sonrientes. Llueve y ahí están. Vienen del teatro. El teatro, piensa ella. Hace tanto que no voy al teatro. Le pregunta al mozo si tienen un diario. El mozo lo piensa un poco, se aleja y vuelve con el diario, un diario. Ella lo hojea. Hace que lo hojea. Uno de los ancianos la mira. La complicidad le desagrada. Tengo psoriasis, les dice con la mirada; soy alcohólica; tengo un trastorno límite de personalidad, les dice; pero son ancianos, como ella, y no pueden evitar esa tonta complicidad. Se hunde un poco en el diario mientras piensa en escenarios. Serás artista, dentista, modista, cualquier cosa terminada en ista. (Le dicen, mientras la levantan por el aire.) Palabras, nada más. Intentos fallidos. Carcasas. Zonas de dispersión. Por allí circula el agua, son sistemas añejos, de la época de los romanos, los acueductos, ¿conoce?, había dicho el hombre, contento con su overall; y jamás había visto a un hombre tan contento con su overall, hasta daban ganas de tener uno. Sí, los acueductos, conozco. Obras perfectas de ingeniería, dijo el hombre. (En Segovia.) ¿Qué? En Segovia quedan restos de uno. ¿Lo vio? Sí, lo vi, dijo ella. ¿En persona?, preguntó el hombre. Sí, en persona, dijo ella. Allí se terminó todo, recordó. El hombre dejó de ser afable. Se concentró en su trabajo, se hundió allí y se deshundió de allí. Dijo un monto, cobró, salió. Ella había visto personalmente los restos de un acueducto y eso era imperdonable. Así lo resumió. Ambos lo resumieron así. Le habían encontrado algo mal. Demasiado pronto le habían encontrado algo mal. (La apoyaron boca arriba contra un pedazo de papel verdoso.) No, no serás artista. Ni modista. Ni dentista. (La estudiaron como a un libro. Fue libro un tiempo.) (Se dispersaron cosas en su cerebro. Explosiones pequeñas, desmedidas.) La vida era corta. Se afilaba contra una piedra. Sólo si se afilaba contra una piedra. (Su familia agradeció al equipo médico.) (Crecer, aún.) (Estrenarse.) Nada era definitivo. Saberlo. Anotárselo en el codo. Trasladarlo. Devolvió el diario. Odiaba los diarios. Miró la lluvia cayendo y de soslayo a los ancianos, como ella, tanto como ella; y vio su reflejo en el vidrio, y el reflejo de ellos en el vidrio, la pálida sustancia con la que estaban hechos. Tendría que irse ya, pensó. Atajar, detener algo. El agua a través de las cañerías. Esa velocidad. Ese desplazamiento. Detenerlo. Fijarlo. No permitir que aquello avanzara. El anciano la miró a través del reflejo del vidrio. Se la quedó mirando. Princesa. (Ah, princesa. Mi princesa.) Ella negó. Sacó la mirada. Volvió a negar. Negó sola para el bar vacío. (Esa complicidad no.) El mozo los vio y se sonrió. (Tristeza.) ¿No era ella rodando de brazo en brazo, volcándose completa, como una promesa, una posibilidad? (Serás artista, niña.) No. Era un viejo, dos viejos, tres viejos. (Complicidad.) Y el agua avanzando por la obra perfecta de ingeniería. Y los restos de la obra puestos allí para el que los quiera o los pueda ver. (Imperdonable.) Apenas eso. No más que eso, pensó antes de llamar al mozo, pagar, salir. Irse.

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